viernes, 28 de marzo de 2008


Había comprado "Sodome et Gomorrhe", hace años, en la librería, de la desaparecida Harrods de la calle Florida y la había leído a los apurones y no cronológicamente como quería; después "Du côté de chez Swann" y "A l'ombre de jeunes filles en fleurs", la debía emprender con "Le côté de Guermantes", pero nunca lo compré. Así que leí nuevamente, esta vez con más calma, "Sodome et Gomorrhe". Y pasaron, casi veinte años de su compra. Cosas y circunstancias raras en mis lecturas, pero a veces me pasa, no es este el caso, que compro un libro y duerme un rato largo en mi biblioteca, hasta que llego a él.
Volviendo a "Sodome...", confieso que me atrajo, pero no tanto, como "Du côté..." y "A l'ombre...". Marcel Proust muere en noviembre de 1922, año de la publicación de "Sodome et Gomorrhe" y a mí me da la sensación como que la obra, quizás él más enfermo, no fue debidamente revisada. Hay muchas reiteraciones y de las 599 páginas de la colección "Folio" de Gallimard, creo que se podrían obviar unas cuantas. No obstante, el fuego de Proust está intacto y se leen las páginas con avidez, Aquí el narrador, persevera en la descripción minuciosa de sus personajes, como en las novelas anteriores, pero a hurtadillas, describe el ambiente entre nobles y burgueses, donde la homosexualidad se mira como permaneciendo ajena a ella, cuando se sabe que Proust era homosexual. El valor de la novela es ése, mirar desde afuera estudiando los sentimientos de los otros y los propios desde un prisma atípicamente heterosexual. Albertina, una posible bisexual, es el desvelo del narrador (Proust).
La nobleza en retirada, con algunos nobles venidos a menos y burgueses que empiezan a pelechar, muestran el ambiente de la novela, impiadosa en esos aspectos. Proust suele regodearse en las tertulias culturales de los nobles y la competencia con los burgueses, ocupando ya un lugar destacado en la sociedad francesa, de principios del siglo anterior.
Resumen: Proust, siempre Proust más allá del canon y de los Nobel. Hay que leerlo, sólo eso.
10-12-2006 * J. C. Conde Sauné

miércoles, 26 de marzo de 2008

CAPERUCITA Y EL LOBO ( NUEVA VERSIÓN )

EL LOBO (meloso) - Caperucita, Caperucita, niña mía. ¿Qué llevas en la canastita?
CAPERUCITA (Con aire enfadado) - ¡Qué carajo te importa, lobo sucio!
EL LOBO ( contemplativo) - ¡Qué lenguaje tan soez! Y yo que soy tan cariñoso contigo. ¿Porqué me rechazas?
CAPERUCITA ( casi colérica) - Porqué no seguís tu camino lobo sarnoso y me dejás tranquila!
EL LOBO (con aire severo) - He tratado de ser amable contigo y este es el pago. Está visto que no se puede ser un lobo bueno. (muestra los dientes).
CAPERUCITA (despreocupada) - Pretendés asustarme lobo sucio, te hace falta un buen cepillado en esos dientes. ¿No usás un dentífrico con flúor?
EL LOBO (ya decidido a mostrar su agresividad) - ¡Ahora verás! (da unos pasos y mete la pata en una trampa) ¡Ay caí en una celada!
CAPERUCITA (entre divertida e irónica) - Aparte de sucio, boludo. No hay nada que hacer, lobos eran los de antes.
EL LOBO (sollozante) - ¡Ayúdame, ayúdame, sé caritativa, niña mía!
CAPERUCITA (yéndose tranquilamente) - Morite lobo pulguiento, pedí ayuda a la APLI.
EL LOBO (gimoteando) - ¿Ay niña, qué es eso?
CAPERUCITA (con desdén) - Auxilio Para Lobos Idiotas.
J. C. Conde Sauné

sábado, 22 de marzo de 2008


En "Nathalie", el film con guión y dirección de Anne Fontaine, se podría decir que el trabajo de la notable Fanny Ardent, cubre algún bache del mismo. El clásico tema del adulterio es llevado por ella, mujer en la ficción de Gérard Depardieu y en complicidad con una prostituta, protagonizada por Emmanuelle Beart; para descubrir porqué él prefiere a otras, antes que a ella. La película es buena, en mostrar la intrascendente relación de un matrimonio acomodado; con un hijo con el que apenas cruzan palabras ocasionales. Ella es médica y él un ejecutivo de negocios que viaja a menudo. Los ratos de ocio los cubre con amantes y reuniones triviales. Esta es toda la trama de este film minimalista, en donde todo va sucediéndose y se acomoda como en el tablero de un ajedrez. Como en "La piscina" de Francois Ozon, la otra película vista anteriormente, chocan estos personajes donde la costumbre y el cinismo, suple a los sentimientos. ¿Nos acostumbraremos a vivir, sin sentir nada por nadie?.
J. C. Conde Sauné

martes, 18 de marzo de 2008


La modernidad tiene sus contrasentidos. No se puede pensar que algo es malo, porque es nuevo; como en el caso del blog y que augura la muerte del libro. Pienso que pueden subsistir, tanto uno como otro y hasta complementarse.
Antes de armar mi Breviario del ocelote, hice un estudio, hay de todo un poco: escritos a los apurones y hasta triviales, diarios íntimos que no sorprenden a nadie, autoestima exacerbada e intercambio de elogios "vos sos un genio y yo también". Pero vi allí muchos de ellos muy buenos: blogs y revistas literarias en la web; hacia eso aposté. Todas estas consideraciones vienen al caso, ante el ataque, en algunas publicaciones culturales, que sufre el blog. Como si sólo en el blog, hubiera cosas que no vale la pena leer. ¿Y en algunos libros, revistas o diarios? ¿Todo vale la pena leer?
En fin, yo recurrí al blog como una opción para publicar lo mío. Parte de mi Breviario, que llevo desde 1996, año de las primeras publicaciones en él; no puse la fecha real, sólo cuando un hecho en el tiempo lo exige, lo hago. También parte de mis poesías y cuentos escritos (únicamente los breves, más adelante veré que hago con textos extensos).
El blog, es un recurso como cualquier otro. Borges y hablo de Borges, no pegaba sus poemas en las paredes de Buenos Aires, cuando no era conocido. Y convengamos que, en las paredes, hay cualquier cantidad de basura pegada y escrita. Obviamente, Borges, realzaba a las paredes.
J. C. Conde Sauné

sábado, 15 de marzo de 2008

DESPUÉS DE LA RICHMOND ( relato )


¡Qué amargura
la de estar de este lado
sabiendo que enfrente
nos llama el pasado!...
(Cafetín) Homero Expósito

Quizás, con Baralis y Elvino Vardaro, Francini sea uno de los tres violinistas más grandes que ha dado el tango.
Recuerdo, por ejemplo, los solos de “Marrón y Azul” o de “Los mareados” en el Octeto Buenos Aires. O esa otra hermosa joya de “Yo quería ser feliz” con Héctor Stamponi. Eso no quiere decir que haya otros grandes violinistas en el tango: Nichele, Suárez Paz, Abramovich o Marcelli. Pero ser violinista de tango, requiere antes que nada: vibrar en tango y encontrar la cadencia justa en su melodía o en el pizzicato marcando el compás, aparte de la técnica y dominio del instrumento.
En esto pensaba, cuando vi el lugar en que se encontraba la Richmond, al doblar en Esmeralda; o al verlo es que pensé en todo aquéllo o ahora se me confundieron las ideas y no sé más nada. Lo que sé en concreto, es que me acerqué al lugar con mucha ternura y tratando de recordar cómo era entonces. Fue al asomarme a las vidrieras ya devastadas de lo que fuera un grill o algo así, después de la confitería, ahora en ruinas, posiblemente por cambio de firma, que como un relámpago me vi sentado con Mauricio a una mesa como hace veinte años, viendo precisamente a la orquesta de Enrique Mario Francini. Fue un relumbrón, pero me vi allí tal como era, sólo en un momento fugaz, pero que me dio la certeza exacta de haber estado ahí, sentado con Mauricio y yo que giraba la cabeza repentinamente. Un breve instante y después toda la normalidad: escombros por todos lados y el polvo blancuzco de cal. Me quedé mirando por el vidrio, un tanto confundido por esa alucinación. Después me fui caminando lentamente mientras ordenaba las ideas y pensaba mejor en todo lo que había visto. Sabiendo exactamente, que no pensaba en eso cuando me acerqué allí. Pero claro, ahora estaba la certeza del pensamiento y el porqué de ese pensamiento y de esa visión. Necesitaba coordinar bien todo. No era cuestión de sentarse en un bar y tomarse un par de whiskys, había que estar bien despejado. Caminando hacia la Avda. Córdoba fui hilando mejor los hechos. Recordaba, entonces, que trabajaba en una oficina de la Avda. Corrientes. A la salida del trabajo, casi siempre íbamos con Mauricio, compañero de trabajo, a algún lado a bailar. Él tenía más suerte que yo, porque bailaba muy bien. Yo era bastante malo bailando el tango y me costaba que alguna chica quisiera bailar conmigo. Recorrer Corrientes y meterse en la Montecarlo, en el Sans Souci o el Picadilly era cosa frecuente. Muchas veces íbamos, también, a la confitería Richmond, ya habíamos visto allí a las orquestas de Horacio Salgan y de Alfredo Gobbi. El recuerdo más nítido era el de Gobbi. Lo veía siempre con su pinta de muchacho bohemio y su aire pálido- tristón y el violín que salía como un quejido, detrás de la fila de bandoneones, en el adagio. Una tarde a la salida, vimos que el cartel de la confitería anunciaba a la orquesta de Francini. Hacía poco que Francini se había desvinculado de Pontier, luego de conformar una de las orquestas de vanguardia de la época. El día que íbamos a ver a Francini yo no tenía plata. Mauri me dijo: “no importa, yo te banco”. Siempre procedíamos de la misma manera, Aún en el hipódromo, cuando uno de los dos se quedaba sin plata. El otro apuntalaba y las ganancias a medias. Entonces Mauri volvió a repetir: “vamos igual que yo tengo guita”. Cuando entramos, los músicos estaban afinando los instrumentos. El escenario quedaba en el fondo, frente a la puerta y a un costado el mostrador. De allí en adelante, se acomodaban las mesas hacia la entrada del salón. Un locutor, no muy sobrio, anunciaba ostentosamente a la orquesta. No recuerdo muy bien, si el primer tango que ejecutaron fue “La trilla” de Arolas, lo que sí me acuerdo es que de repente el locutor dijo: “a continuación la orquesta de Enrique Mario Francini va a estrenar un tango de Astor Piazzolla ‘Melancólico Buenos Aires’ –y señalando hacia un lugar determinado del público- el maestro Piazzolla se encuentra entre nosotros”. A lo que Piazzolla se levantó, casi mágicamente, entre una de las mesas e hizo una reverencia hacia la gente y la orquesta. Esta arrancó con todo, dejó atrás la primera parte y entró en el adagio, de uno de los tangos más hermosos que Astor haya compuesto. Era como si toda la melancolía y la bruma de un otoño en Buenos Aires, (porque lo tuvo que haber creado, mirando a través de una ventana hacia el otoño o en el adiós de una despedida, cuando las imágenes distantes de la ciudad aún titilan en los ojos y una semipenumbra tenue va borrando poco a poco las aristas de los edificios) estuviera comprimida en ese pedacito tan mezquino como bello. Mauri y yo estábamos entusiasmados, tanto que no vimos como,paulatinamente, se iba llenando el salón. Hacia el final de la primera entrada de la orquesta, me di vuelta para mirar a la gente que iba ingresando. Entonces fue que sentí un estremecimiento y quedé temblando. Mauricio me dijo: “¿qué te pasó che?”. “No, nada, nada”. En realidad no había sido nada de mucha importancia o claro después tendría importancia. Allá atrás recortado sobre el vidrio fue que lo vi. Miraba de una manera extraña, casi ensimismado. Y era la cara de esa persona, recortada sobre el vidrio, lo que me había estremecido. Ese alguien tenía mi cara, no como la de entonces, sino como la de ahora. Mucho tiempo después... después de la Richmond.
J. C. Conde Sauné

martes, 11 de marzo de 2008


"Contes d'été" (Cuentos de verano) de Eric Rohmer. Sencilla, pero dilatada historia, donde el protagonista no acierta en sus relaciones amorosas. Un clima muy especial, allí Rohmer siempre se encuentra muy cómodo (Ej.: "Le genou de Claire" o "Ma nuit chez Maud"). Ambiguedad, trama morosa, quizás previsible, aunque juega en contra haberla visto anteriormente y alquilarla sin recordarlo. Después claro, a medida que avanza la película, se recuerda. De todas maneras, es grato poder disfrutar del arte refinado de Eric Rohmer, exento de gratuidad y con muy buenas actuaciones. No se arrepiente uno de verla otra vez; sobre todo en esta época de cámara secuencia, guiones inexistentes y truculencias a troche y moche. ¡Alabado sea el buen cine!
J. C. Conde Sauné

jueves, 6 de marzo de 2008

EN EL BONDI ( 5 ) Memorias de un pasajero

Al llegar el 22 al triángulo de Bernal, subió la pareja. No era una parada, pero el chófer les abrió la puerta y los dejó subir al colectivo. Se colocaron en el medio del pasillo y largaron su discurso:
"señores pasajeros estamos sin trabajo, no queremos robar porque no es cosa buena... por eso pedimos una pequeña colaboración a los que quieran ayudarnos". Miré, de soslayo, mi reloj, eran las 10.30 de la noche, poca gente en el ómnibus, cinco o seis pasajeros. Observé a los que pedían, tenían la marginalidad y los golpes de la vida reflejados en la cara. Empezaron a caminar por el pasillo. Atribulado, escarbé el bolsillo del saco y encontré una moneda de 1 peso, se la dí a la mujer que extendía la mano. "Gracias varón -dijo el tipo que iba con ella". Los otros pasajeros, un tanto inquietos, también les dieron unas monedas. Dos paradas más adelante, bajaron. Apenas lo hicieron, una mujer increpó al colectivero: "usted es un irresponsable, nos deja en manos de esa gente". El chófer se encogió de hombros, diciéndole: "señora usted se va a su casa y yo trabajo toda la noche. Si no les abro, a la vuelta, suben en cualquier parada y me la dan". La mujer seguía furiosa, echándole en cara que no sólo había pagado el boleto, sino también peaje como si fuera en auto. A mí, todo este melodrama me daba risa y a la vez, lástima. Luego me toqué el bolsillo y recapacité, que cuando volviera del trabajo, lo hacía en un hotel a la noche, iba a tener que conseguir cambio para viajar. La chanchita de 1$, se me había ido en el peaje de este petit triángulo de las Bermudas. Hilando un poco más fino, pensé: todos tienen razón, el chófer, la señora, los marginales y los otros pasajeros. Después dicen, que es un país donde reina la sinrazón. ¿O lo dirán, refiriéndose a la clase gobernante?.
J. C. Conde Sauné

martes, 4 de marzo de 2008


Antonio Porchia decía, en uno de sus aforismos: "El recuerdo es un poco de eternidad".
Muchas veces, imprevistamente, me vienen algunas imágenes que me toman desprevenido. El otro día miraba por la ventana de la cocina y en el edificio de enfrente, en un patio del primer piso, un chico pateaba una pelota contra la pared. Algo que yo hacía, cuando era niño y no tenía con quien jugar; luego, claro, de repente venían otros chicos y surgía algún partido. A pesar que ya leía bastante, vivía para jugar al fútbol e inclusive iba a la cancha. Simpatizaba con Estudiantes de la Plata, pero veía cualquier partido que se me presentara. Por eso comprendo poco,ahora, el fanatismo de cierta gente que ve fútbol, sólo cuando juega su equipo favorito o la selección. Tampoco sé, en que momento dejé de interesarme,plenamente, por el fútbol; creo que fue algo gradual, a pesar que de vez en cuando veo algún partido por televisión. Y aunque no sea, precisamente, Estudiantes el que juega. Esas personas que siguen sólo a su equipo, me parecerían igual a que uno leyera a un sólo autor o disfrutara de la música de un único compositor.
Y menos comprensible, aún, la violencia en los estadios, aunque claro, hay mucho dinero de por medio y se mueven intereses muy importantes, con transferencias de jugadores.
Es bueno recordar, a veces, ciertas cosas y ver como, sin pensarlo, uno fue dejando de lado algo que le gustaba con pasión. Pero me agradó, ver a ese chico jugar a la pelota en el patio. Lo hacía con un despojo y una inocencia, parecida a la mía de antaño. Es cierto, no llegué a destacarme en el fútbol, pero mientras jugaba era realmente feliz.
J. C. Conde Sauné