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miércoles, 14 de marzo de 2018

LA HOJA DE DIARIO AMARILLENTA *

Desplegó la hoja de diario, amarillenta, sobre las rodillas y miró hacia el costado. Como para iniciar una conversación. Observé la hoja de soslayo y entrecerré los ojos haciéndome el dormido. Ése había sido un día muy malo para mí y no tenía ganas de hablar con nadie. Pero él, ya estaba conversando con el vecino del otro lado. Estábamos sentados, en los asientos del fondo en el colectivo 91; esa vieja albóndiga amarilla, que llega vaya uno a saber donde. Mis ojos ahora abiertos, nuevamente, como por encanto y leían los nombres, en una propaganda del cine Ópera, de Gary Cooper y en otra, de un cine que me olvidé, el de Fred Astaire y un aviso de fijador Palmolive, con un tipo de pelo brillante y tirante, parecía peinado por una lamida de vaca. El diario era viejo y uno se preguntaba, porqué demonios el tipo lo había guardado. Pero él seguía hablando con el muchacho de al lado: "Creeme pibe era otra vida, yo me casé en ese entonces y ahorrando unos pesos del sueldo, durante unos meses, nos compramos todas las cosas para la casa. Ahora, decime quien ahorra y quien compra. Era otra vida y la fiesta de mi casamiento duró como cuatro días. Empezó un viernes y terminó el lunes. Yo hubiera querido que el tiempo se detuviera allí. Éramos jóvenes, los sueños y los proyectos  no tenían fin. Ahora también tenemos proyectos, pensamos vender el departamento y largarnos para afuera. Falta poco para jubilarme y pienso achicar mi presupuesto. Si uno se va a vivir afuera, puede sembrar algo y criar algunos animales y de hambre no se muere".  "Así es, es así -asentía su vecino, un muchacho vestido con unos yins gastados y de unos veintitantos años- ya no se puede hacer nada y lo peor de todo es que nosotros tampoco tenemos salida. Yo tengo una tía que se fue hace años a  Canadá, sé bastante bien el francés y mejor el inglés y estoy haciendo un curso de computación y en cuanto termine me largo para allá".  "Yo nunca pensé en irme, -dijo el hombre de la hoja de diario- esto para mí siempre era un paraíso, algo en lo que uno siempre podía creer y esperar una vejez tranquila. Mirá esta hoja de diario, es vieja, está amarilla, pero se mantiene intacta. Ves, uno la puede leer, de este lado la cartelera de los cines y de este otro, hay un artículo sobre la vida nocturna en Buenos Aires. Las orquestas de tango en la capital hermosa y arrogante, Miguel Caló, Troilo, Pugliese y las noches de garufa en el Tabarís o Chantecler".
El hombre seguía casi monologando y el colectivo ya entraba en Lima y enfilaba hacia Constitución y era llegar y bajarse, el muchacho, que le llevó el apunte al pobre hombre, delante de mí rumbo a Temperley o Quilmes o adonde sea; pero pronto estaría en Montreal o Vancouver y el haber nacido aquí sería un accidente. Lo vi bajar y también vi al hombre que se quedaba con su hoja amarillenta sobre las rodillas, la doblaba, con manos temblorosas, para guardarla en el raído portafolio de donde la había sacado. ¿Qué sería de ellos dentro de un año, y de mí? Entré al hall de la estación, con un tremendo olor a grasa, a café requemado y orín de los baños, yendo hacia el indicador. Una tristeza muy grande me afligía, Se podía decir que si no hacía fuerza, iba a lagrimear como un idiota. Un atolondrado, que corría para alcanzar el tren, me llevó por delante y me devolvió a mi realidad y mi mano tocó, en el bolsillo, la carta-despido, que me entregara la jefa de la Oficina de Personal: "lo despedimos por reordenamiento administrativo...". Un eufemismo por: "lo rajamos a la mierda y agarre lo que le damos". A pedido de la gerente de Contaduría que me apreciaba, no me mandaron el telegrama, menos mal. Y me pagaban todo.
Cuando me encaminaba hacia la plataforma, para tomar el tren, los canillitas hacían flamear los diarios de ese 29 de diciembre de 1980. Dentro de sus hojas, ya se escondía el inevitable amarillo de un lamento.
J. C. Conde Sauné     *Integra el tomo "Mis cuentos diversos"   

martes, 9 de mayo de 2017

DESCRIPCIÓN DE UNA TARDE DE OTOÑO *

El mar estaba embravecido. Sus olas arremetían con furia contra la costa. "Era como una oscura venganza del universo -pensaba Gabriel". Miraba por la ventana de su casa, construida en la orilla, como el cielo iba ennegreciendo. Ya no había ideas en su cabeza. Estaba vencido y a veces pensaba que, si apuraba unos tragos más de whisky, el final se acercaría. Pero sabía, que en las tristes tardes de otoño siempre pensaba así. Después el verano traería a alguna gente a la playa y más que nada, mujeres. ¡Cómo ayudaban las mujeres a vencer la  muerte! Este último verano había traído a Rita, casi una mocosa, con mucho Conrad Aiken y reivindicación Arlt. Esas chicas que llevan los libros a la playa, para detectar intelectuales aburridos como él.
Miraba la tela apoyada en una vieja silla que le servía de caballete, sólo con algunos trazos y los pinceles desparramados por el suelo. Contra una de las paredes, en el rincón, había un esbozo del rostro de Rita, que siempre se había sentido incapaz de terminar. Para él, como para casi todos los artistas, le era más fácil imaginar a las mujeres que crearlas sobre la realidad. Rita era casi indescriptible. Una enigmática con más de diablo que de chica. Tenía ese extraño magnetismo, que sólo tienen algunas mujeres que lo obligan a uno a amarlas sin reservas, sin preguntar que hacen, como piensan y en que momento asentarán cabeza, quedarán embarazadas y criarán niños educados. Lo más probable, es que hagan el amor toda la vida sin dejar rastros en alguna parte. ¿Y eso cómo se refleja en una tela? Eran esas, todas reflexiones de Gabriel, mientras seguía mirando el mar y al recuerdo de Rita se sumaban otros recuerdos. Su retiro voluntario, con menos de 50 años y un prestigio ganado, con unos buenos pesos invertidos gracias a la venta de sus cuadros. Las propiedades y la galería que regenteaba su marchand, le aseguraban una renta segura en la madurez. Además, era de costumbres muy sencillas. Recordaba, también, su momento de gloria cuando el marchand le decía: "mi viejo, vos pintá, pintá cualquier cosa, si no tenés ideas pintá una florcita, un florero, un par de zapatos, pintá que la gente compra cualquier cosa que lleve tu firma, sabe que es una buena inversión".
Pero ahora no tenía ganas de agarrar los pinceles y estaba solo, solo como el mar ahí afuera con más furia y obstinación que nunca. A veces, le daba ganas de mandarse a mudar de esa casa y volver a la ciudad, al puterío y al ruido del centro, pero de sólo pensar con encontrarse con gente conocida lo aterraba. Sentía las ofidias miradas de sus colegas con rencor y envidia. ¿Porqué el elitismo de los artistas, se parece tanto a las intrigas del yiraje? Siempre buscando en donde clavar los dientes y mirando a uno como un derrotado ilustre, como diciéndole: "no querido, en un tiempo el camelo funcionaba, pero ahora no va más". Y Laura, la exitista, sumándose al coro de sus detractores, ésa que juraba amarlo y se fue al primer fracaso con su sicoanalista, porque la pobre estaba jugada y jodida, con un artista que había empezado a planchar en las exposiciones y había plata sí, pero sin prestigio. Y empezó su stress y su Jacques la sacó del pozo y se la llevó al diván y la "transferencia" fue perfecta. Entonces él, volvería a la naturaleza como Gauguin y quizás un poco de alcohol y alguna tahitiana de ésas que llegan a las playas, harían resurgir a su pintura. Y las tahitianas llegaron, primero fue Muriel una maestra jardinera, con sus libros de Piaget y Gesell, que lo trataba como a un chico y le escondía las botellas de whisky. Estaba separada del marido, vulgar e idiota, según ella, y vivió con Gabriel todo el verano. Claro que cuando empezaron las clases, volvió al colegio, no sin antes intentar llevarlo. "Porque Gaby querido, comprendé el artista debe estar en el centro de la creación". Y él se preguntaba que entendía Muriel por centro de la creación: "¿sentarse en la Plaza Francia y sentir como a uno le cagan las palomas en la cabeza? ¿Viajar como un bolas de humo en el 60 desde Constitución al Tigre, estudiando rostros cansados de tanta franela? ¿Cuál es el centro  de la creación y qué es la creación, sino sentir que a uno le pesan las bolas y los años? Mi querida Muriel debiera quererte sólo por eso, porque creés en un centro de la creación y porque seguís pensando que el bacalao se corta en la city". Entonces Gabriel se quedó y cuando llegó su segunda tahitiana, no hizo más que dedicarse a ella y a la playa. Le gustaba mostrar a Rita, con su hermoso cuerpo, y la acompañaba exhibiéndola como un bello cuadro. Muchas veces se preguntaba, si Rita no valía más que todos sus cuadros juntos. Con el verano también se fue Rita y con ella sus esperanzas de retomar la pintura. Aunque su punto neurálgico seguía siendo Laura y él lo sabía. Habían compartido muchos momentos buenos y le era difícil olvidarla. Aunque eso, a lo mejor, no era todo y la angustia nacía en otro lado. No había apostado mucho por Laura, según él, el amor verdadero no existía, todo era una justificación para mantenerse vivo, como comer, hacer planes para el futuro y soñar una vejez acunado por el bullicio de los nietos y esperar una muerte apacible con el deber cumplido; como si la vida fuera siempre una escuela con deberes y exámenes que rendir y lo único cierto era que las células envejecen, que la fuerza no es la misma y las expectativas tampoco, todo una nada tan inmensa como el mar. Y él se veía lanzado en ese mar agitado de aguas verdosas, como los ojos de Laura, navegaba en él, hundiéndose mil veces y volviendo a salir a flote para seguir divisando su figura, antes y después del whisky, con y sin las tahitianas, siempre era ella y eso era lo falso-verdadero como diría Mel Brooks. Lo mejor sería no pensar más en ella y confiar en esa profundidad verdosa, que lo hacía sentir grande y pequeño a la vez.
El sol amagaba salir por momentos, pero el intento lo había suspendido en un tenue hilo amarillento que tornaba al mar en un color azul-acerado y después se volvió a esconder, quedaron flotando en el aire algunas gaviotas y sólo ellas, pretendían vencer esa soledad de La Serena. Y el mar se aquietó sin fuerzas como el sol, como Gabriel y el brillo color oro se había perdido como Laura, ese otro sol perdido...
La oscuridad se iba acentuando y en el cielo nublado , se dejaban ver algunas estrellas en las parcelas sin nubes, pero muy pocas para significar alguna esperanza.
J. C. Conde Sauné          *Integra el tomo "Mis cuentos diversos"
                  

martes, 28 de marzo de 2017

ESTACIÓN "LAS BARRANCAS" (relato) *

¡Cómo me atraía esa estación, enfrente de mi casa! Era misteriosa y sombría en invierno. En verano, en cambio, por la gente que venía a los balnearios se convertía en una romería. Como decía, en invierno uno se podía sentar en los andenes hasta sentir el cimbrar de los rieles, entonces, con el corazón golpeándonos en la garganta, nos levantábamos para ver entrar el tren de color marrón desteñido y triste. El jefe de la estación salía y tocaba la campana, con señorío, para darle salida. El jefe tenía una gorra con letras doradas y unas mangas negras que le cubrían la mitad de los brazos. Alguna vez con Dumbo soñábamos ser jefes de estación. Nos parecía una profesión importante. Además don Lucero (así se llamaba el jefe), en algunas ocasiones, cuando no había mucha gente, nos dejaba marcar en el fechador, boletos viejos que encontrábamos en los andenes. El Nené, a veces, se agregaba a nosotros y corríamos carreras para ver quien pasaba primero, el puente que cruzaba las vías. En una ocasión, el Nené cruzó por el medio de las vías saltando el alambrado, don Lucero lo vio y lo retó diciéndole que eso no se podía hacer, pues el tercer riel, con electricidad, era muy peligroso. También amenazó con avisarle a la madre.
La estación me encantó, desde el primer momento en que nos mudamos a ese barrio. No sé, si es porque tengo una debilidad manifiesta por los trenes; imaginaba, desde muy chico, que podíamos trasladarnos con ellos a lugares extraños, aun fuera del país, a ciertas regiones desconocidas, de las cuales, sólo teníamos referencias por las láminas de los libros y algunos mapas.
El jardín con palmeras, rosas chinas, azaleas y algunas plantas de jazmín, resultaba realmente fantástico. Estaba cerrado con un cerco de alambre, reforzado con una hilera de púas en su parte superior. Sin embargo, con Dumbo, lo saltábamos para ir a sacar flores que después les regalábamos a las chicas del barrio que nos gustaban. Lo hacíamos el día que Benítez estaba de auxiliar, por lo general cubría los francos de don Lucero. Sabíamos que era un individuo de pésimo carácter. Una vecina, en una ocasión, le había pedido el libro de quejas. Alegaba que aquél, no le había querido decir: "a la hora que pasaba el tren para Retiro". Benítez le había respondido de mala gana: "ahí afuera está el horario". Entonces estando Benítez de auxiliar, la aventura tenía otro color. Agitados a más no poder, sacábamos las flores temiendo ver de repente la gorra empinada en un semblante gestudo y rechoncho y el guardapolvo gris. A Dumbo se le ocurrió pensar, que se parecía a un jabalí. Si es cierto, que un jabalí puede llegar a ser auxiliar de una estación. Otras veces, le golpeábamos la ventana que daba a la calle Juan Díaz de Solís y corriendo, antes que abriera las celosías para ver quien era, nos trepábamos rápidamente a los plátanos que habían frente a la estación. Además, Benítez era un tipo jodido; había puesto una foto grande de Perón en la boletería y le dio una al tano Lanzani, el guardabarrera, para que la pusiera en la casilla. Lanzani le dijo: "me fui de Italia para no verle la jeta al "Duce" y vos querés que ponga la foto de su alumno. Benítez lo delató y echaron al tano del ferrocarril. Algo que les dio mucha bronca a los vecinos que apreciaban al tano.
Jugar a las escondidas, también era un deleite. Teníamos mil recovecos para escondernos, inclusive el techo del baño de hombres, que era bajo y fácil de subir. Ahí ascendíamos e imitando a Tarzán nos colgábamos de una rama, saltando a la calle por el otro lado del andén, para tocar piedra. El que nos buscaba, era atraído por los ruidos que hacíamos nosotros, a propósito, escondidos en el alero del tejado. Cuando nos descubría, tenía que llegar a la boletería y recién salir a la calle; perdía siempre. Otra variante: se podía jugar a la pelota. En la vereda, dos plátanos nos servían de arco para el "mete-gol-entra". O haciendo jueguitos y pases, le tirábamos al arquero que, casi siempre, era Isidro y le gustaba mostrar su elasticidad de gato y desde el arco, relataba el juego a la manera de los relatores de fútbol. Había dos puentes de madera con acceso a la estación: uno se comunicaba con el balneario "Arenas del plata" y el otro, con el balneario del mismo nombre que la estación; en donde trabajaba mi padre.
En verano, como decía, era más entretenido; pero, sin duda, el invierno se llevaba mis preferencias. Don Lucero solía contarnos los libros que había leído en su juventud, siempre sazonados por experiencias amorosas que él había vivido. Se sabía, de memoria, poemas enteros de Rubén Darío y nos escribía en un papel, con su letra prolija y ostentosa, algunos de ellos para que se los dijéramos a las chicas...
Algo intenso, cierta parte de nuestra vida que nos fueran hurtando subrepticiamente sentí, hace años, cuando supe que por sus vías ningún tren se deslizaría jamás. Que habían clausurado el tramo desde Borges hasta Delta. El nefasto Plan Larkin estaba en marcha, efectuado por un gobierno que se proclamaba "desarrollista". La estación, posiblemente, sería demolida y sólo la memoria y este cuento quedarían como punto de referencia. Es como si, súbitamente, nos fuera dado volver a la niñez y no encontráramos ese juguete, querido y protector que nos hiciera tan feliz...
Muchos años más tarde, fue nuevamente habilitado aquel tramo hasta Delta; y Bartolomé Mitre, su inicio, pasó a ser Maipú. Ahora con un destino turístico como "Tren de la costa" y mi estación de la infancia se llama hoy "Barrancas". Y el jardín encantado ya no está.
J. C. Conde Sauné     *     Integra el tomo "Dos veces el mismo río"    

martes, 19 de julio de 2016

SUEÑOS DE UNA NOCHE DE INVIERNO (relato) *

En el fondo del sueño
están los sueños.
........................................
Yo también soy un sueño
fugitivo que dura.
JORGE LUIS BORGES (La rosa profunda)


Carlos estaba recostado sobre el respaldo de la cama, respirando fatigosamente. A su lado, Malen dormía sin ninguna inquietud. Se levantó tratando de no despertarla. Otra vez había cometido el error, dejando avanzar el asma hasta resultar, casi imposible de dominarla. Había empezado a usar el Berotec, ahora en menos de tres horas se había hecho otra "fumigación", como le llamaba él al empleo del aerosol. Era evidente, debía haber tomado antes el corticoide, pero en ese momento era tarde para lamentarse. Por eso fue a la cocina, tratando de no hacer ruido, y se tomó un comprimido de Ciprocort, a pesar de la repulsión que le ocasionaba tomar ese tipo de remedios. Las consecuencias eran previsibles, sufriría luego ardores de estómago y desórdenes de todo tipo en el aparato digestivo, por consiguiente: dieta y antiácidos. Se acordaba, de algo que había leído en el libro del Dr. Varando: "Que es la homeopatía...": "La terapéutica la practican los visitadores médicos, que todos los días se presentan haciendo la apología de un nuevo producto". Pero en esas circunstancias, era peor sentir la opresión que empezaba casi en la garganta y se extendía hacia abajo, haciéndole salir un aullido cada vez que respiraba. Se quedó en el living, mirando por la ventana. Estaba haciendo tiempo, para aplicarse otra vez el aerosol; sí, todo el arsenal de la farmacopea moderna contra el aullido. Afuera debería hacer un frío tremendo, el vidrio se empañaba con su respiración. Era una de esas noches de julio que, prácticamente, ni un perro abandonado se anima para andar por la calle. Casi en diagonal, al departamento en que vivían, dos hombres hablaban en la esquina. Era un poco más de la una de la mañana y él se preguntaba, de que podrían estar hablando a esa hora y con ese frío. Se quedó un rato mirando por la ventana, como para entretenerse y olvidarse de la fatiga. Los dos   hablaban con  ademanes grandilocuentes. Él notaba que la opresión en el pecho disminuía, pero no del todo. A pesar de la experiencia, que tenía para capear esas crisis, se iba poniendo cada vez más nervioso. Además no quería hacer ruido y despertar a Malen. ¿Para qué? Con que sufriera uno, ya era demasiado. Trató de serenarse pensando en cualquier cosa, mientras respiraba el aire más pausadamente y lo expelía de la misma manera, para tratar de conseguir algún alivio. Quizás en menos de una hora, ayudada con la nueva aplicación de Berotec que se iba hacer, la dexametasona empezaría actuar. Mientras tanto, seguía mirando por la ventana a los dos hombres que continuaban hablando. Él se preguntaba, qué los obligaba a estar allí, pudiendo estar tranquilamente acostados en la cama y bien abrigados. ¡Al diablo con los tipos! Agarró el aerosol y apretándolo, aspiró el aire en forma profunda, tratando de contenerlo. Cuando empezó a respirar de nuevo la fatiga era peor, pero luego, poco a poco fue cediendo; hasta quedar en un maullido más leve y sentir el pecho más aliviado. Ya está, entonces se acostaría. Cuando lo hizo, Malen se despertó y le preguntó que hacía. "No, nada Malen fui al baño -le dijo" Ella ronroneó un poco y se quedó de frente a la ventana. La noche clara de invierno, que entraba por ahí, destacaba su perfil: el pelo rubio hundido en la almohada, el recorte de la nariz y los labios; denotaban beldad y también beatitud. Viéndola dormir así, una calma venturosa lo fue envolviendo. Ella debería estar soñando, porque movía imperceptiblemente los labios y los párpados. Miró hacia afuera, los condenados tipos todavía hablaban. Poco a poco, y quizás por el antihistamínico, que contenía el Ciprocort, una modorra lo fue envolviendo y entró lentamente en el sueño. Empezó a soñar de una manera inédita (luego lo recordaría), eran fragmentos de sueños con breves intermedios, pero se iban uniendo entre si como en un filme. Era como si alguien fuera filmando y compaginando al mismo  tiempo.
Estoy saliendo de la escuela y ya me escapo para entrar solo en la calle cortada, siempre me atraía esa calle tan rara, que terminaba en una escalinata que daba casi a la mitad de la calle Primera Junta que bajaba hasta la barrera, justo a unos metros de la estación San Isidro R. Venía por esa calle toda llena de casas grandes con parques, con muros y ligustros altos que no dejaban ver para adentro. Me causaba placer y temor venir por esa calle solitaria. Había una casa que tenía un estanque, en donde flotaban los nenúfares. ¡Qué flores tan extrañas! Me parecía que algún asesino o ahorcado se me podría aparecer en cualquier momento. Pero ahora caminaba seguro y contento y fue cuando llegaba al final de la calle, que vi desde arriba a la mujer rubia sentada en el borde del rellano de la escalera. Cuando pasé frente a ella la miré y vi que estaba impaciente como esperando a alguien. Pero ella me preguntó cómo me había ido en la escuela y cómo me llamaba. Contrariando a lo que me habían enseñado en casa, me detuve para hablar con la extraña. Ya me daba cuenta desde afuera del sueño (aún soñando) que era Malenka. Pero en el sueño viéndome venir de la escuela, no sabía quien era ella; me atraía y me sentía un poco aturdido, tratando de contestar todas las preguntas a la vez. "La escuela no me gusta  me llamo Carlos pero en el barrio me dicen Serafino por mi papá que se llama Serafín me gusta mucho jugar a la pelota y soy pincharrata y me pongo triste cuando pierde Estudiantes y colecciono estampillas y también figuritas y me gusta mucho ir a nadar en el río y quedarme sentado en el paredón mirando las luces de la draga cuando anochece". Eso me parece muy bien, decía ella, pero andate a tu casa con cuidado y poné atención cuando cruzás la barrera. Un corto intermedio y después yo estaba en el balneario Las Barrancas, adonde trabajaba mi padre, y andaba con zapatillas de goma porque así podía correr mejor, y corría a toda velocidad sorteando las columnas de cemento de la galería, que estaban debajo de la pista de baile, y avanzaba a toda velocidad y justo cuando llegaba frente a la columna la esquivaba limpiamente; hasta que algo me llamó la atención: un farol aparentemente desconectado, colgaba en una de las columnas y me acerqué queriendo enderezarlo y recibí una descarga eléctrica que me tiró casi hasta la otra columna y me quedé llorando y temblando de miedo. Ella ya estaba cerca de mí tratando de consolarme. Yo sabía que eso iba a ocurrir. Lo sentí, cuando sorpresivamente fui arrojado contra la otra columna. "Ese farol casi me mata -le dije". No, no es nada -decía ella- yo estaba segura de que no te iba a pasar nada grave, todavía tenés que vivir conmigo cuando seas grande y por nada del mundo te iba a pasar algo malo; bueno tomate un vaso de agua y ya está. Así sucesivamente, se me aparecía y siempre vestida de la misma manera, con una blusa blanca y una pollera azul y zapatos de taco y siempre llevaba una cartera tipo Chanel con cadena. Cuando me di cuenta tenía el tobillo incrustado como en alfileres y el dolor era terrible y ni sabía siquiera como sucedió. Sólo me acordaba que estábamos jugando en la calle y que salté para cabecear la pelota y que caí a destiempo con un  pie. Después el Nené me dijo que cuando bajé del salto, lo hice apoyando un pie en la calle y el otro en el cordón. Esa noche vino la mujer que tiraba y colocaba los huesos. Con suaves caricias en el pie y repentinos tirones me lo había acomodado y me hizo un vendaje; mi madre me dio un calmante y me sentí un poco más aliviado. Recién cuando mis padres se habían ido a dormir, apareció ella. Me traía un paquete grande de  Sugus y yo estaba contento porque me gustaban mucho y más su pelo rubio y el mechón cayendo sobre sus ojos color cielo claro y ella me decía que no hablara en voz alta, que se podían despertar mis padres y a mí la idea me sobresaltaba; que pensarían ellos si veían que una mujer extraña me cuidaba y ella sentada en el borde de la cama mientras yo pelaba un Sugus detrás de otro y ella paseando la vista por la habitación. Yo dormía en una cama turca, que estaba en un rincón del comedor y de día le tiraban un cubrecama grande y era un perfecto diván. Ella se sobresaltó al sentir que algo pasaba rozándola. "Es mi gato Ojalate -le dije". "Qué nombre tan raro nunca lo oí -dijo ella". Ojalate saltó a la cama y  le dí un Sugus. "Es lindo, pero a mí más que los gatos blancos me gustan  los negros, pero Ojalate es blanco y sin embargo me gusta y estoy segura que te vas a poner bien y vas a venir adonde yo vivo -afirmó ella". Y me daba un beso, que me causaba más placer que todos los caramelos juntos. También le hizo una caricia a Ojalate que se fue maullando tras de ella, como demostración de afecto. Aparecía en el sueño mi padre y hablaba con voz pausada. Es una buena oportunidad, le decía a mi madre, si vamos a trabajar con él. Me daba cuenta que se referían a mi tío. Además había oído a mi tía, hermana de mi madre, cuando hablaba con ella y le hacía esa brillante proposición. El negocio, proseguía mi padre, está bien instalado y lo compró hace poco. A mí no me gustaba mucho esa idea, pero todos se habían puesto de acuerdo. Repentinamente me acordé de la rubia y de la escalera en la calle cortada. Hacía tiempo que no la veía y ella se sentía tan segura de que yo iba a ir en su busca. Ya habían pasado algunos años y no sabía si podía encontrarla en algún lugar, ya que todo había sido un sueño y me dolía dejar a mis amigos  y las calles silenciosas, por las que tanto me gustaba pasear.
Otra noche se durmió plácidamente y cuando se despertó, estaba en la camilla de un sanatorio en Quilmes y lo iban a operar de apéndice. Pero sólo un momento estuvo despierto, porque ya el anestesista le aplicaba el penthotal y se entregó al sueño profundo y volvía a ver a Malenka y su pelo rubio y esta vez sus lágrimas y su miedo porque ya no se sentía tan segura de volver a verlo y de que él fuera a su encuentro. Él le decía que no era nada y que todo era como el tobillo y como el farol de la columna o como aquella vez en el río, que con Boris querían ir hasta la boya nadando y después a él le agarró un calambre en una pierna. Boris no podía ayudarlo, porque nadaba como doscientos metros más adelante y aunque él lo llamara, no hubiera podido oírlo. Entonces se armó de valor tratando de mantenerse a flote, mientras se masajeaba la pierna y pensaba en ella, que claro no podía estar porque no sabía nadar y como ahora tampoco podía estar, porque él estaba en esa camilla solo a suerte y verdad. Pero saliendo ya a flote como en el río y era Malenka que subía corriendo contenta la escalera del sanatorio. Él la miraba desde arriba, como aquella vez en la calle cortada y ella con su pullover rojo y su pollera escocesa y con sus ojos que eran una caricia. Entonces era ella que volvía para llevárselo otra vez junto a ella en esa cama y en ese departamento. Ahí donde estaban muy juntos, entreviendo el alba de esa noche de invierno y cuando él volviera del sueño, seguro que no sabría si salía del sopor del penthotal o del antihistamínico. Pero que, sin duda, lo que más le interesaría era estar allí y estaba junto a Malenka y eso era, en suma, lo importante.
J. C. Conde Sauné     *     Integra el tomo "Dos veces el mismo río"           

viernes, 27 de marzo de 2015

DOS VECES EL MISMO RÍO ( relato ) *

¿Será cierto, como afirmaba Heráclito, que no nos bañamos dos veces en el mismo río? Pensaba, contemplando el río allá a lo lejos, desde un ángulo en la ventana de la cocina, mientras tomaba un mate. El agua se había calentado justo a punto y salían esos mates copetones, con la yerba bien hinchada y daban ganas de seguirlos tomando hasta el infinito; en una continuidad de tiempo y distancia.
Era la tarde y el crepúsculo: distante, una masa marrón parecía fundirse en un charco de bruma (perspectiva desde un piso alto), y la vista puede abarcar y abarcar y extenderse más allá de la blanca niebla; porque es otoño y el otoño trae aparejado, como consecuencia, esa rinitis que a veces molesta bastante. Viene con un lagrimeo en los ojos y la picazón de nariz y esos estornudos que salen desde el medio de la frente y parecen sacudir todo el cuerpo. Es entonces cuando Ivanovna me dice: Juan tomate el Isomerine, porque es mejor que lo atajes a tiempo; ese remedio viene a ser, como un arquero preparando la barrera en los tiros libres. El antihistamínico cubre todos los ángulos posibles, por donde pueda entrar el balón alergia o en donde pueda liberarse la histamina. Aunque habrá que insistir con el Allium Cepa o el Arsenicum Album. Se sabe que los remedios homeopáticos son menos nocivos y no reprimen la enfermedad y no se ignoran las consecuencias funestas de la represión (sentido lato).
Si uno es obstinado, la vista puede atravesar los edificios y si la vista llega hasta donde yo quiero, puedo descubrir mi origen y mis obsesiones de cuentista. aunque el origen puede ser más lejano y llegar hasta Ourense o Landes.
Y es la distancia: su origen y las márgenes del río que son sus márgenes y que lo hacen sentir distante y cerca a la vez; en atardeceres vividos y se ve: escribiendo sus segundas letras en el Colegio Marín y hasta recuerda el libro de lectura de sexto grado, "Iniciación literaria", con fragmentos de la "Divina Comedia"  y "Don Quijote".  Poemas de Manrique, Lope de Vega y Quevedo: "huye sin percibirse lento el día, y la hora secreta y recatada con silencio se acerca". Y esa persistencia de aprender a leer y escribir no cumplidos los seis años y cuando aprendió, antes de entrar en la escuela, ésta después fue sólo una bagatela para perder el tiempo y únicamente se ponía contento cuando salía de la escuela y enfilaba, en bicicleta, por la calle La Salle bajando una barranca, a todo lo que daba; y entrando, luego de pasar "la calle del ahorcado" , en Juan Díaz de Solís. Llegaba a su casa, con un gran acontecimiento en un día de Junio, aunque ya por supuesto, en el invierno, porque es San Juan y hay chocolate y algunos buñuelos que hizo la madre para festejar su santo. Y están su hermana, Giselle, Lina y José; pero el Nené no vino, es seguro que hizo alguna de las suyas y el padre lo puso en penitencia. Es una lástima porque el chocolate está bien caliente y los buñuelos esponjosos y se pierde el juego de las escondidas. Con Lina se esconden en la terraza, para celar a Giselle que coquetea con José (que de ahí en más lo va a llamar Dumbo por sus orejas grandes y porque le da una bronca bárbara y para que se joda por tirarse lances con la novia de uno), pero subiendo al techo se ocultan detrás de una pared y desde allí contemplan el río gris-marrón y ven a un biguá aleteando, a media altura, dispuesto a zambullirse en busca de alguna mojarrita. Sigue después la fiesta, pero muy corta, porque mañana hay que ir otra vez al colegio y habrá que ponerse a hacer los deberes, antes de acostarse. Pero primero disfruta otra taza más de chocolate, porque hace tanto frío y es raro que el chocolate tenga gusto a yerba y que subiendo de nuevo a la terraza no pueda ver al biguá y a la draga en la ancha soledad  del río; que no esté el blanco guardapolvo doblado en la silla, en la que sólo hay una corbata y un saco colgados en el respaldo de la misma, recién dejados. Es extraño, como que la bruma se siga extendiendo, tanto, hasta nublar los pensamientos, que permanecen estacionados como en un banco de niebla y ver que el tren corre a la izquierda de su posición y no por la derecha; es decir, casi junto al río y no divisar el cartel de la estación "Las Barrancas". Tampoco está el del balneario "Arenas del Plata" y no sabe la razón, pero lo asocia al "Maxim" de Quilmes, en donde con Ivanovna podían tomar cerveza en los veranos, en el patio del fondo, con pan negro y pasta de hígado o en el salón, en invierno, café con tortas de manzana o chocolate. Al no estar el "Maxim", tampoco pasearán, en forma cansina, con sus bandejas en las manos, Sancho y el Galgo. Los dos mozos más atípicos que pudieran verse en algún lugar. Para sacarlos de sus modorras, había que amenazarlos con irse sin pagar. ¿En qué lugar de la conciencia permanecerá todo? ¿Hay regiones de la misma, en las que se pueda rebobinar  lo vivido y recomenzar la cuenta? Sí, las regiones son las que permanecen invisibles para los otros ojos, que corren continuamente detrás de nuevas sensaciones y ninguna los deja satisfechos, con sueños de acrílico y materiales sintéticos, en los cuales no hay ríos, ni el olor de la madera o un jazmín en una noche estival y siempre así la vida. Prosigue sin la espuma de la cerveza en el borde de un balón, en el "Maxim"  enfrente a la estación Quilmes. Puede estar el mismo espacio, pero ni las mesas, ni el Galgo, no es lo mismo, a no engañarse y si el tiempo no se recupera; !pobre Marcel¡ Vida, no te detengas en baratijas, aprisiona todo lo bueno, no lo dejes escapar, borrá de tu interior todo resentimiento y dolor, porque ya nunca volverás a disfrutar el mismo gusto del pan de centeno con "leberwurst" o aquella torta de chocolate, servidos con displicencia por la dupla Sancho-Galgo. Aunque te aseguraran que todo podría instalarse de nuevo; no, ni la cerveza y la torta tendrían aquel sabor. Está sí, un micro de la "Línea Blanca" que no tiene nada que hacer en ese contexto y que no oiga el cimbrar de los rieles, porque la estación está desplazada como a dos cuadras y que en la radio no escuche a Tarzán, sino a Los Trovadores cantando "Cautiva del río". ¿Qué tiene que ver con el chocolate caliente y que el río le parezca cerca y distante? Y que todo: su vida, sus sueños y sus ansias estén a la vez contiguas y lejanas. Los Trovadores siguen cantando: "la luna surge detrás del monte, y pone en las aguas... hilos de plata, y en tus pupilas felicidad", es raro se dice mientras los escucha. Recuerda los manuscritos de su cuaderno. ¿Contienen prolijos deberes o su ansiado libro de cuentos?
La tarde se apaga en el crepúsculo tenue sin sol, dije que era otoño. Entra la noche y la luz de la draga no está para acompañarme, ni en el murallón golpea tampoco mi imaginación, con sus chasquidos de agua repetida. Está lejos el río, como alguna vez la hiedra, como esta noche que quizás se detenga, porque ha empezado a lloviznar. ¿Y la lluvia podrá lavar tantos años de ignominia, de terror e injusticias vividos aquí junto a estas aguas? Entre estos dos, aparentes, ríos que siguen siendo uno mismo; para que en una ecuación de tiempo y distancia, poner de manifiesto que aún escribimos mirando ese río cerca y lejos a la vez. La historia y lo actuado renace de nuevo, lavándose dos veces, cien o mil veces, en una marejada de agua que parece arrastrar tanta resaca acumulada; tantos años de postergaciones y sueños castrados. La lluvia cae tenue, muy tenue, despacio contra el vidrio, como un llanto contenido y suelto de a poco y su canción triste acompaña mis silencios. Y me parece, que habrá que cerrar la ventana del todo; empieza hacer frío y el audio hace rato que silenció su música, la yerba se ha lavado como las imágenes por la ventana. Habrá que repasar los escritos en el cuaderno, sería una lástima que me aplazaran por esos deberes.
J. C. Conde Sauné         *   Integra el tomo "Dos veces el mismo río".     

lunes, 28 de mayo de 2012

EL GORDO CHUMI ( relato ) *


El gordo había estado tomando vino, toda la tarde, en lo de Fachino. Yo lo estuve campeando, porque no me quería perder la propina que me daba Zulema, su mujer, cuando lo ayudaba a llegar a su casa; además, Zulema me resultaba simpática.
Al salir de la casa de aquél, como la calle era de tierra y había llovido, más el vino que llevaba encima, resbaló y se fue cuan largo (o ancho) era a la zanja que bordeaba el camino. Mi primer impulso fue dejarlo y que se ahogara en ese pozo cenagoso. No podía olvidar aquella vez que saltó la pared de la casa de fin de semana de don Nuñez y le robó todas las mandarinas,y nosotros ( o sea el Nené, Dumbo y yo) cargamos con la culpa, pues siempre saltábamos para buscar la pelota que caía adentro, cuando jugábamos en la calle y si bien nos comíamos una que otra mandarina, nunca saqueamos el árbol de manera tan evidente, pero cargamos con el fardo y nos aguantamos las reprimendas de nuestros respectivos viejos. Y fue también este gordo atorrante que un día le robó todas las uvas moscatel , al mismo don Nuñez, que tenía en el corredor del fondo más una reposera que guardaba en el galpón. Aunque fuera por alguna de esas cosas, merecía morir ahogado en la zanja, pero con mucho esfuerzo y la ayuda de otro tipo lo sacamos hacia la vereda, es decir, hacia un pedacito alisado de cemento y el gordo todo embarrado se miraba la camisa y el pantalón cagándose de risa a más no poder y yo con una rabia bárbara de sólo pensar que por ejemplo esa chica que pasaba y nos miraba pudiera pensar que yo también estuviera borracho. Pero lo llevé a la casa, no por él, el muy guacho, sino por su mujer que siempre lo esperaba después de cada borrachera como una verdadera santa y lo curaba si se peleaba con alguno y le rompía la cara o se caía y se lastimaba, y lo desnudaba como a un chico y lo acostaba en la cama. Le daba más trabajo ese condenado que los tres chicos que tenía: dos nenas de seis y dos años y un varón de cuatro. "Gracias, me dijo, seguro que lo traés de lo de Fachino o lo encontraste en algún bar del bajo y pasá y tomate un refresco, si querés una granadina con soda o un jugo de pomelo". Y abría la heladera y ni una botella de vino en la misma , ella no compraba bebidas alcohólicas, pero el gordo buscaba surtirse por otro lado y cuando llegaba estaba tan saturado que no necesitaba más que una cama y una samaritana que lo atendiera y lo cuidara. "No es malo, decía Zulema, pero cuando toma se transforma". Y yo me preguntaba cuándo no tomaba ese gordo esponja. Sólo cuando se embarcaba en el buque que trabajaba y no aparecía por cuatro o seis meses o lo que durara el viaje, no lo veíamos mamado, aunque lo haría por donde anduviese. "Sentate y comé algo, agregaba cariñosa Zulema" y yo con más ganas de irme que de quedarme, no era un cuadro muy edificante ver como trataba de acostar al gordo, en calzoncillos con las bolas colgándole por el costado, en la cama. "Y ya te preparo un café querido" y el gordo que balbuceaba: "ésta sí que es una mujer no como las otras que te chupan...", pero ella ya le estaba tapando la boca y los chicos jugando, como si nada, con el rompecabezas que le había traído ese gordo piojoso, porque un poco de bronca le tenía; aunque realizó actos heroicos como aquella vez que el Diego, su hermano menor, trajo para esconder en la casa unos motores que había robado en el puerto en complicidad con otros tipos del sindicato, en el que ya había empezado a pisar fuerte. Y el gordo le dijo que se llevara los motores y Diego no quería, entonces cuando se fue el hermano, el gordo se llevó los motores, uno por uno, y los tiró en el río. El hermano se enojó y no apareció más con la Blanca una putita fina que tenía y le decía "mi señora" y que a Zulema le daba asco por lo relajada que era. Pero era lindo, de todas maneras, sentarse un poco en el patio y tomar esa granadina con soda porque hacía mucho calor y mirar a Zulema y pensar como podía aguantar a ese gordo y acostarse con él; pero eso no importaba, porque en el fondo era un atorrante como nosotros aunque más atorrante, porque a quien se le ocurre regalarle un pollo, que se le había muerto en el gallinero, al comisario y éste, que se dio cuenta del pollo en mal estado, lo mandó a buscar para meterlo en cana, si no fuera porque mi viejo, que jugaba al truco de vez en cuando con él, le habló y entonces aquél dijo: "bueno por esta vez pasa, pero cuando lo vea mamado lo voy a arrestar". Y le avisaron al gordo, pero éste se rió y una vez que estaba pasado, no se le ocurrió mejor cosa que mearle el auto al mismísimo comisario y éste que justo salía y  lo vio, lo metió adentro de la comisaría a empujones y creemos, también, que alguna que otra piña y se tragó cuarenta y ocho de sombra por ebriedad y desacato y dijo el comisario que no quiso agregar exhibición obscena, porque sino la cana era mayor y pensaba que la mujer y los chicos no tenían la culpa, aunque Zulema cuando le llevó la comida al marido, le entregó una docena de huevos fresquitos y le dijo medio humildemente , al comisario, que era para borrar la mala impresión del pollo muerto y aquél que le decía: "yo no sé, una santa como vos con ese tipo".
Pero el gordo no era tan malo , no señor, aquella vez que dejó el laburo de cambista en Colegiales y se emborrachó tres días seguidos, fue porque vio como a un compañero le quedó la mano agarrada entre dos paragolpes y parecía una feta de mortadela diría el gordo "un verdadero sanguche". Entonces se dedicó a vender primero tomates y luego sandías en un carro o cirujeaba cosas como un botellero y este del barco era uno de los mejores trabajos que había tenido, se lo había conseguido Diego antes de pelearse con él; pero después de aquella tranca de cuando se cayó en la zanja, ya no se pudo levantar más. Se quedó mirando el techo, comentaba Zulema, ahora llorando. Y pensaba que sólo le quedaban tres de los cuatro chicos que tenía para cuidar y que quizás preguntarían porqué ese chico grande y gordo no gritaba más y tenía el labio como torcido y Zulema no sabría que decirles porque nunca supo decir nada a nadie , ella tan chiquita, tan frágil, tan devota. Y posiblemente después, cuando organizaran el velorio volveríamos a verla de vuelta con algún vestido negro cerca del gordo, ya en la tranca definitiva y una buena granadina con hielo no nos vendría mal al Nené, a Dumbo y a mí.  El calor sería muy sofocante en aquella pieza tan chica, tan blanca, con su techo de fibrocemento, el que Chumi miró por última vez.

J. C. Conde Sauné          *   Integra el tomo "Dos veces el mismo río" (Este cuento, antes se publicó en la revista literaria "El molino de pimienta" - Nº 7 año 1985) 

lunes, 30 de enero de 2012

CONFIDENTES ( relato ) *


Pienso en tu sexo. Simplificado
el corazón, pienso en tu sexo,...
CÉSAR VALLEJO      (Trilce XIII)

- El tren corría bastante. Hasta Rosario voló, te lo puedo decir.
- Hay buenas vía en ese tramo.
- El Estrella del Norte salió casi vacío. Era a mediados de noviembre del 58.
Los dos amigos se miraron, tomando un trago de cerveza.
- Algunas veces creo que la Río te da sueño.
- Che, contá el asunto ese.
- Bueno... llegamos a Rosario. Yo le venía haciendo ojitos a una santiagueña, que viajaba recostada contra la ventanilla del asiento de enfrente. Entonces subió el tipo ése. Se desplomó con fatigado al lado mío. Enseguida me dí cuenta que buscaba conversación. Sacó cigarrillos y me pidió fuego. Prendí el encendedor. Después recapacitó y quiso convidarme. Le dije que recién había tirado. No me gusta tomar confianza con la gente así nomás.
- ¿Che, pero la santiagueña?
- Pará un cacho atolondrado, con las mujeres es distinto. Cuanto más confianza, mejor. !Eh mozo¡
- Está por cerrar viejo, vamos a otro boliche
El mozo hacía un buen rato que los miraba de reojo. Había comenzado a apagar la mitad de las luces, luego la música y más tarde apilaba las sillas arriba de las mesas. Cuando el rubio, que relataba el viaje, lo llamó, merodeaba alrededor de la mesa sacudiendo la servilleta. Pagaron y se incorporaron de los asientos. El otro parecía un poco mareado y caminaba como con miedo de afirmar los pies.Anduvieron unas cuadras, por Libertador, sin hablar. El rubio silbaba algo de Antonio Carlos Jobim, que habían escuchado en el bar.  
- O amôr em paz -dijo el otro
Siguieron caminando en silencio, y luego se decidieron a entrar en una confitería, cuyo letrero luminoso se leía por la mitad de sus sílabas: LU... ..SSA, la otra estaba apagada y hacía un chistido breve y en seguidilla. El rubio se sentó primero y le preguntó al otro:
- Decime... ¿Qué tomamos?
- Cerveza, no hay que cortar la racha. ¡Mozo, una Río Segundo! ¡Oiga no, mejor dos!
- ¡Dale viejo, da apoliyo esa cerveza!... ¡Cómo te va con la piba?
- Carburá un poco y contame aquello... ¡O no querés hablar!
- Sí -dijo el rubio- pero es un caso raro y yo no quería hablar, y menos pensar. Te enferma el bocho pensar. Y vos me conocés... quiero deslizarme así como ahora... sintiendo este parloteo estúpido en los oídos y no pensar. Tragar cerveza así... ¡Ves? ¡¡¡Pufff!!!... Sin respiiiraaar...
- ¡Dale contá contá!
- El tipo ése... sin que yo le preguntara nada me dijo que era fotógrafo. Estaba casado y tenía dos pibes. Sacó la billetera y me mostró las fotos de la señora y los pibes. La señora era una linda mujer de rasgos santafecinos. ¡Qué sé! Te digo santafecinos... Ese tipo de mujeres circunspectas y estáticas, pero que pueden ser de cualquier lado. Me dijo también, y esto me asombró, que no tenía ningún problema con su mujer. En fin... que las relaciones sexuales eran normales y lo satisfacía plenamente. La quería por compañera, por mujer, por todo. Apenas me conocía y mirá todo lo que me largó...
El rubio empinó el vaso y lo llenó nuevamente. Tomaron, permaneciendo callados. Cuando el otro se quedó con el vaso suspendido camino a la boca, casi interrogante, recién entonces, el rubio prosiguió:
- Me preguntó si tenía mujeres. Le dije que no siempre me iba bien. Pero que, en algunas oportunidades, llegué a salir con tres o cuatro distintas por semana. No fanfarroneé, sabés que es cierto negro.
- Sí sí flaco, pero seguí con aquello.
- Bueno le conté el asunto con María, que no podía explicarme como una mina grande, de treinta y pico de años, salía conmigo que era un borreguito de dieciocho, y que a mi me daba calor. ¡Mirá que yo confiarle cosas a un tipo que no conocía!Pero era simpático, inspiraba confianza y él contaba también. Además no conocía a María, ni la iba a conocer. Entonces le dije que a María le gustaba calentarme antes de dejarse tocar, y todo lo demás que vos sabés. Él siguió adelante nomás, con todo. ¡Che, me oís?
- Sí, pero cierro los ojos por cansancio. Te oigo flaco, seguí.
Volvieron llenar los vasos y los vaciaron.
- Bueno -prosiguió el rubio- una noche en una fiesta, a la que había asistido con su mujer, se encontró con una empleada de su estudio. Me dijo que nunca le había llamado la atención, y que hacía unos tres meses que trabajaba para él.  A pedido de su esposa, que estaba cansada y no quería bailar, salió entonces con la empleada a la pista. Bailó sin mayor interés la primera pieza, hablando de cosas triviales. Luego llevado por una curiosidad, ella le había dicho que se sentía bien así bailando, la sacó de nuevo y la atrajo más hacia si, aprovechando el acorde pausado del tango. Fue entonces que sintió ese vientre caliente junto al suyo. La apretó más fuerte y ella no dijo nada. La pista estaba repleta de bailarines y le resultaba fácil hacerlo. Sintió el latido de sus pechos debajo del vestido. Por un momento permaneció, pegado a ella, sin dar un paso. Luego la grabación terminó... y observó que ella aparentaba en el rostro, la misma indiferencia que le conociera. Sabía, sin embargo, que ese cuerpo hervía. A él, en cambio, le parecía que su cara estaba enrojecida y las sienes le latían. Esa noche se saludaron y no pasó nada. Pero me dijo que jamás, mientras viviera, se iba a olvidar de ese vientre contra el suyo, atenaceándolo. A la tarde siguiente, la encontró distraída mirando unas placas. La tomó del brazo y la enfrentó hacia él. Sintió como sus labios se abrían y como ese cuerpo insulso, de fría apariencia, se contorsionaba con un frenesí de todos los infiernos... Así empezaron los amoríos clandestinos en su estudio. Me contó también, que le costó mucho desnudarla. Quería saber que lo atraía hacia esa mujer, a pesar de su contextura física carente de sensualidad. Y que, en ese momento, tampoco lo comprendía y todo lo asombraba como un hecho nuevo. Había leído algo sobre el Informe de Kinsey y lo poco de sexología, que conocía, se lo debía a él. Pero tampoco eso lo ayudaba mucho. Además le dolía haber engañado a su mujer, bueno... 
- No che, seguí que te escucho. ¡Dale, dale! Pará que brindamos por el excelentísimo sexo y por el rana ése. ¡Qué gente conocés vos, viejo! Pero seguí que me interesan estos angustiados eróticos.
- Bueno, acá termina. Un día, repentinamente, dejó de interesarle así como lo había obsesionado, y volvió a ser su empleada virtuosa. Volvió a recalcar que no comprendía un comino. "Quiero a mi mujer y a mis hijos -me repetía- pero no sé, en un momento me olvidé de todo. Hasta los hubiera abandonado, si ella me lo hubiera pedido". Yo, para no quedarme atrás, le dije que mis relaciones con María eran raras, pero que nunca me afligían. "Vos sos joven, mi amigo -me dijo- y a la juventud nada le preocupa. Pero yo, ya piso los cuarenta con la rutina a cuestas, me gustaría tener tu edad...  charlando se pasa el tiempo, Ya estoy por llegar, por si algún día decidís bajar por aquí (me dio una tarjeta) vení a casa, que sos un amigo..." El tren paró en Gálvez, me dio la mano y descendió. Lo vi alejarse con pasos ágiles y decididos. Luego fue un punto... y ya nada. ¿Che, dormís?
- No flaco, te escucho. ¿Tomamos otro porrón?
- ¡Cualquier cantidad me tomaría! Total nada me preocupa y menos tu curda de demonio. ¡Pedí, negro! Yo no hablo más... Esta noche, tengo ganas de bajar barriles de cerveza...

J. C. Conde Sauné          * Integra parte del tomo inédito "Dos veces el mismo río"

lunes, 29 de noviembre de 2010

DESFILAN LAS FIGURAS ( relato ) *

Ese día había sido nefasto para Juanki. A la mañana, habiéndose levantado temprano, se fue al balneario "Las Barrancas" para ver como arreglaban el escenario; esa noche actuaba la orquesta de Pedro Laurenz. Juanki, como casi todos los chicos, aunque él más que ninguno, era tanguero. Además supo conseguirse un trabajito para pasar discos en la confitería bailable de aquel balneario, disc-jockey que ahora le dicen. Él no sabía como era la mano, le preguntó a don Ramón, uno de los dueños, y este le dijo: "tú pasas dos tanjos y dos foxtrós y asunto terminao". Anduvo bien en ese trabajo; aunque sólo para la temporada de verano, le daba cierta independencia económica para las salidas al cine, pizzas y esas cosas.
Después de algunos regateos con el dueño, cuando llevaba dos meses en el puesto, consiguió aumento y un sandwich de jamón y vascolet o gaseosa, según su gusto. Pero tuvo que amenazar con dejar el mismo y por consiguiente sin disc-jockey a la confitería. Don Ramón aceptó y Juanki se sintió reconfortado, ese trabajo le gustaba mucho. Podía escuchar infinidad de veces sus orquestas preferidas: Alfredo Gobbi, Pugliese, Troilo y Maderna alternando con Ellington, Artie Shaw y Benny Goodman. Además alguna vez venía algún cantor de tangos; entonces paraba la bandeja, apretaba unos botones y conectando un micrófono se lo daba a la figura de la noche que podía ser algún cantante como quizás Roberto Chanel o Jorge Vidal y todo el mundo contento y los dueños más que ninguno, porque el bar y la confitería trabajaban con todo.
Pero fue aquel maldito día, el de la mala pata. Estaba mirando con impaciencia el escenario, pensando en la función de la noche y gozando por anticipado. A pesar que a Laurenz sólo lo conocía de nombre, por ser una figura anterior a las de entonces de moda; pero él no le daba mucha importancia a las modas. Un electricista colocaba cables y probaba los parlantes. Juanki, cuando ellos se fueron, subió al escenario y anduvo corriendo de un lado para otro y jugando:ya sea, tomando el micrófono desconectado y haciendo que cantaba o sentado en el taburete fingiendo tocar el piano.
Una vez cansado de esos juegos, tomó envión y saltó de la tarima hacia el piso. Todo fue repentino, sintió una mole que lo empujaba y los dientes mordiéndole el brazo derecho cerca del hombro. Se largó a llorar, temblando de susto y de dolor. Entonces don Pardo, el otro dueño, que acudió a ver el acontecimiento, lo levantó y lo llevó hacia el mostrador, lo sentó en el mismo y le puso un poco de whisky en la herida y le dio a sorber otro poco. La causante de todo era Tere, la gran perra danesa, y se había metido, otra vez, debajo del escenario con sus cachorros. Juanki seguía temblando y gimoteando lastimosamente. Don Pardo fue a buscar la camioneta, la puso en marcha para que se calentara el motor y subió a Juanki,después de avisarle al padre lo sucedido, con la perra, que ahora lo miraba avergonzada, en la parte de atrás y todos: perra, dueño y mordido se fueron al Instituto Pasteur. Durante el trayecto, Tere le había lamido, a Juanki, varias veces la mano en señal de amistad y él le creía, ya que el dueño cuando le preguntó que le había hecho y le contestó que sólo había saltado del escenario, comprendió que el animal, con cría, se había asustado e hizo una salida agresiva y contundente en defensa de sus cachorros.
A Juanki le dolía el brazo una barbaridad. La mordida era grande, pero más lo afligía que esa noche no lo dejaran ir a ver la orquesta. En el Pasteur, le curaron la herida y revisaron a la perra y le dijeron al dueño que la tenía que llevar cada tres días para observarla, aunque aparentemente estaba sana. Tere, con las orejas caídas , subió a la camioneta y se recostó en un rincón al lado de la cabina, mirando a don Pardo por el rectángulo de vidrio. Éste iba adelante solo, porque a la camioneta le faltaba una butaca.Cuando llegaron de vuelta, Juanki se fue a la casa y se quedó casi toda la tarde acostado,se levantó al anochecer y salió a la calle. Miraba desde la casa el cartel del balneario, reluciente con las luces prendidas, encima del techo. Pero todavía faltaba para la función. En su casa le preguntaron como se sentía y él dijo que bien, pero el brazo le dolía y después de cenar algo se fue a pasar discos, como siempre, hasta la llegada de la orquesta. Cuando entró, el salón estaba repleto, mejor dicho los dos salones: la confitería, en donde la consumición era más cara, y la pista común; la cabina de los discos estaba justo en el medio de ambas y el escenario, en la misma posición, enfrente.
Hacía una hora que estaba trabajando y empezó a sentir chuchos de frío, se tomó un té caliente con aspirina que le dieron en el bar y lo reanimó un poco, pero estaba como embotado. Casi ni se dio cuenta como había transcurrido el tiempo y ya uno de los muchachos que manejaba el equipo de amplificadores, le dijo que apagara el tocadiscos, y entonces miró hacia el costado en donde estaba el escenario, los músicos se habían subido al mismo sin que él lo notara afinaban los instrumentos y Laurenz deslizaba un paño negro sobre sus rodillas, tomó el bandoneón con una mano y se lo colocó encima de las mismas. ¿Y Tere que pensaría de todo eso?. ¿Saldría y mordería a todo el mundo, cuando la orquesta empezara a tocar? "Berretín", era el primer tango que habían anunciado, Juanki era la primera vez que lo oía, ahora como entre sueños porque notaba que los sentidos se le iban y las piernas se le aflojaban y no supo ni quien, ni cuando y cómo lo llevaron a su casa,que sabía que era su casa porque escuchaba a lo lejos los rezongos del viejo por haber salido y no hacer nunca caso a las recomendaciones paternas. Pero no podía oír a nadie más, ahora su cabeza era un desfile de compases de tango y una vez le parecía escuchar la voz de Marino y unas estrofas de "Rosicler" o la de Chanel en "Rondando tu esquina" y a veces era una o dos o tres voces juntas porque también Floreal Ruiz andaba mezclado con las otras dos voces porque era él que aparecía cantando "La noche que te fuiste" y él quería oír una sola voz por vez y cómo era que esa noche las voces y los sonidos se le iban confundiendo en la cabeza en semejante matete no pudiendo discernir por momentos que tango escuchaba y entre esas voces una que podía ser la de un médico que decía no, no es nada, sólo el susto y la herida, es muy chico, mañana va a estar bien y todo entrelazado con compases y esas voces y esos ritmos y los colmillos de Tere que todavía sentía adentro del brazo.
La noche tendría afuera su gran fiesta, pero Juanki no participaba y Tere tampoco, la habían llevado con perritos y todo al depósito de las sillas y mesas del recreo, que regenteaba su padre,y si bien amagó con traerlos, obstinadamente, de nuevo, debajo del escenario, después se resignó como Juanki que ahora se acunaba con los compases de "Lluvia de estrellas" y extrañado porque él había ido a ver a Laurenz y no comprendía como pudo aparecer Maderna, cuya hermosa magia iba acompasando esa madrugada que había vencido aquel mal día, por suerte.
J. C. Conde Sauné * Integra parte del tomo inédito "Dos veces el mismo río"

martes, 23 de febrero de 2010

REUNIÓN DE FIN DE CURSO (relato) *

No sabíamos si , el flaco Alejandro , hablaba porque estaba medio mamado o por ganas de embromar. Entonces Luis, el bizco, dio un golpe en la mesa con la botella de vino y dijo: "orden...orden che que... anduvo también conmigo cierta piba... que ustedes ni se imaginan".
El flaco le retrucaba haciéndole ademanes obscenos. El bochinche creció y la gritería se hizo en contra de Luis, a quien tomamos a la chacota porque era medio mitómano.
Luis recuperó la calma y dijo que iba a contar todo. Amagó con arrancar y se detuvo ante la andanada de cargadas. Al Colorado se le ocurrió una idea: "a mantearlo". Toda la barra mercantil de la noche, minoría selecta, ya que diez asistíamos a aquella reunión, nos echamos encima de Luis y lo dejamos en calzoncillos. El bizco protestaba y nos pedía, por favor, que le devolviéramos los pantalones. Nadie le hizo caso y le dijimos que contara la historia así, que iba a tener más color. Luis vaciló un poco y medio azorado empezó a hablar: "la primera vez que chapé con ella..". "Desde le principio, virola - le dijo el flaco- vamos, y aclará quién es ella, así la ponemos en la lista de las que dieron el mal paso". Más carcajadas y Luis no sabía si seguir o no. Se hizo rogar pero continuó: "Bueno, ustedes la conocieron. Ahora ya... Era macanuda... a mí Historia me dio siempre en los kinotos, pero ella la hacía llevadera. Te hablaba de cualquier cosa y era fenómena. Simpatizamos y me agarré un metejón a toda prueba. Todas las noches yo tomaba el tren hasta Acassuso. Ella bajaba en Martínez. Me hice el caradura, porque sino viejito... y a las minas les gustan que vos te tirés. Un buen día me encontré sentado a su lado hablándole de cualquier pavada... y que era una buena profesora y que yo estudiaba y que el trabajo... que esto... que aquello...". "!Artista¡ -gritó el flaco". Pero era evidente que el flaco se posesionaba de las palabras de Luis y su efecto teatral. A medida que iba narrando su historia, la voz se le atildaba y se hacía casi confidencial. Los ademanes, que acompañaban a sus palabras se hacían precisos y contundentes. Al flaco lo compró enseguida y su grito fue una contraposición a nuestra incredulidad- En cambio, el Colorado sonreía, socarrón, buscando la cargada propicia para cuando el bizco terminara.
"Era dura -continuó Luis- tenía prejuicios, todas las mujeres los tienen. Decía que yo era estudiante y podían vernos los demás y que en la escuela no convenía que eso se supiera. En realidad le dije que eso era una tontería porque todos, los que estudiábamos a la noche, éramos gente grande que no estábamos para niñadas... y que yo la quería y que mi vida ya estaba atada a ella...".
Se dio cuenta que exageraba la interpretación y bajó el tono de voz, lamiéndose la comisura de los labios. Nosotros que habíamos tomado bastante vino, como para dormir diez días seguidos, permanecíamos con los ojos extrañamente abiertos escuchando al bizco, como si sus palabras vinieran del fondo de la inconsciencia donde el alcohol, en suaves marejadas, nos avivara el cerebro.
"Que éramos el uno para el otro -prosiguió Luis- y estábamos piel a piel. Y ahí nomás le zampé un beso medio mal porque esquivó la trucha". "O porque te faltaban los largavistas, bizcocho- dijo el colorado". Nos reímos tanto, que el flaco empezó a vomitar y todos o casi todos, estuvimos en trance de seguirlo. Luis contraído, con cara de asco, en calzoncillos y camiseta, nos miraba a uno por uno. Parecía, como si su propio cuento le diera náuseas. Hizo un ademán de ir a agarrar la ropa, pero el colorado lo agarró. "Vos ahí -le dijo". Alejandro se repuso y alegando que era macho cien por cien, se mandó otro vaso de vino. Lo observamos un rato, para ver el efecto, y esperando una nueva devolución del líquido. Pero fue aflojando las piernas y se tumbó de panza en el suelo. Lo levantamos y lo pusimos en un sillón. Se desparramó en el asiento con las piernas flojas y los brazos caídos. Movió un momento la cabeza y luego se quedó quieto. El bizco, pese a todo, paciente, esperaba para proseguir su narración.
"Era arisca -reanudó cuando lo miramos- y me tenía miedo. Pero después todo anduvo macanudo. Pero no aflojaba. Hasta que un día la invité a casa, aprovechando que los viejos se iban afuera...". Sentí la mano de Corvini, que había estado callado toda la noche, apretándome el brazo. Me dí vuelta y su cara semidormida estaba desfigurada de rabia. Más que gritar, rugió. No tuve tiempo para detenerlo. Se abalanzó sobre Luis que instintivamente se cubrió la cara. Nunca vi a alguien tan enardecido golpear a otro. Lo zarandeaba de arriba-abajo a trompada limpia. Luis cayó de espaldas gimoteando lastimosamente; recién entonces, Corvini, jadeante, lo dejó. Nosotros no habíamos atinado a nada. Sólo que la feroz andanada de golpes, que le había propinado al bizco, nos había sacado la borrachera en un santiamén. Hasta Alejandro se incorporó, con cara de estupor, como si despertara de un mal sueño. Unos atendieron a Luis poniéndole paños de agua fría en la frente y en la cara. El rubio Maldonado -dueño de casa- le trajo café a Corvini y sólo le preguntó: "¿qué te pasó viejo, qué te pasó?". Vimos como Corvini se tragaba el café, rodeado de un silencio consternante. Agarré del hombro a Corvini y le dije que saliéramos. Ahí terminaba la farra. Cuando estuvimos afuera, el viento nos chicoteaba en la cara. Me habló largándome el vino quemado de adentro: "no lo pude aguantar al podrido ése". No le contesté nada y seguimos por Libertador. Íbamos para el mismo lado, él vivía a unas diez cuadras de mi casa. Era un muchacho sombrío y raro y muy pocas veces habíamos hablado. Lo vi impreciso, caminando como un sonámbulo a mi lado. Le dije que lo acompañaba hasta donde él vivía. Después de haber andado un trecho, me detuvo: "¿sabés una cosa che... sabés... una noche como ésta, sabés... estábamos en la terraza de una confitería en el Tigre y ella... me dijo: están altas las estrellas, están tan altas... sabés, la muerte es boluda, te emborracha... te agarra... te jode... ella ya no es una mujer... es tierra es algo... que... no podés besar más". Se largó a llorar, lo miré sin poder decir nada. Súbitamente se echó a correr como un loco. Lo vi doblar en una esquina. Empecé a caminar y dando vueltas, salí a la avenida nuevamente y tomé rumbo por la calle Perú hacia el bajo. Soplaba viento fuerte del río y la humedad me hacía sentir pesadas las articulaciones del cuerpo. Mañana llueve, pensé.
J. C. Conde Sauné * Integra parte del tomo inédito "Dos veces el mismo río"

viernes, 11 de septiembre de 2009

EL VIEJO CANTOR ( relato ) *


En un tiempo fue joven como Gardel
como todos los cantores.
..........................................
Ahora se acompaña solo,
creo que ya se va a acompañar solo,
siempre que le recuerden algo.
LUIS LUCHI (Vida de poeta)


Llegó a Las Barrancas esa tarde, traía una guitarra que tenía un estuche más raído que su pantalón. Los zapatos negros, con taquito militar y una camisa blanca, desabrochada, dejando ver una cadenita muy fina de oro, quizás el último recurso para el empeño.
Había cantado, en otros tiempos, con una de las orquestas de primera línea; así nos contaba Bazán, el mozo de la confitería, que vivía en un cuartucho lindero a una de las pistas de baile, en la parte baja del recreo.
Apenas llegó, peló la guitarra y se puso a rasguearla, pero, enseguida, Bazán se lo llevó para la pieza con dos botellas de vino. Con ellos también iba Elvira, una mujer que Bazán había encontrado un día llorando sobre una de las mesas y la consoló llevándosela a la pieza; desde entonces vivía con él. Y los tres, incluido el viejo cantor, ya le estaban pegando al vino. El cantor empezó a canturrear algunos tangos, deformándolos con obscenidad y su "francesita que trajiste pizpireta sentimental y coqueta con pelos en la cajeta" se extendía por la ventana abierta hacia el recreo. Algunos miraban y se reían, mientras otros ya se estaban quejando a Tito, el carpero (el encargado del recreo que alquilaba las carpas): "Hay chicos, usted ya sabe". Tito golpeó la puerta y de adentro lo reputearon de lo lindo. Se fue moviendo la cabeza, dubitativo, entre dejar pasar la cosa o avisarle a don Pardo, el dueño del balneario. Pero no fue necesario, al poco tiempo dormían los tres, la siesta, como benditos.
Salieron a eso de las siete de la tarde. Elvira estaba vestida con lo mejor; un vestido amarillo escotado y brilloso y unos zapatos, de tacos altos, encharolados. No era fea, pero tenía la pinta de esas pardas guerreras, capaces de reventar a cualquiera. Bazán le había conseguido un puesto en el guardarropa de la confitería y ella se sentaba detrás del mostrador fumando, con las piernas cruzadas, unas piernas muy lindas que hacían que Bazán fuera envidiado por todos los milongueros. El cantor se había puesto una corbata y un saco blanco, que le había prestado Bazán. Ahora estaba un poco más presentable. Bazán con su ropa de mozo y la bandeja apoyada sobre un trapo rejilla que tenía en la mano, andaba por entre las mesas. Frente a una de ellas, cerca de la ventana que daba hacia el río, se había sentado el cantor y empezaba a darle a la cerveza, mientras miraba con intención de sacar a alguna de las milongueras, que habían caído al baile; pero sólo fue una intención, porque siguió pidiendo Quilmes cristal, mientras fumaba uno que otro cigarrillo y apilaba los cartoncitos de cerveza y tarareaba "Malandraca" que resonaba por los parlantes con Pugliese a toda orquesta. Todos bailaban y pocos se daban cuenta que él existía, a pesar de haber sido un cantor de tangos muy conocido en su momento.
La milonga terminó, empezando entonces la verdadera función. El cantor y casi todos, con Bazán y Elvira, bajaron hacia la pista de cemento que estaba en la parte baja, con la confitería justo encima. Allí había una extensión de parlantes para difundir música y la usaban todos aquéllos que no querían ir a la confitería, porque les resultaba más cara la consumición. El público estaba dispuesto; gente rezagada que se había quedado en el balneario a pescar en el murallón y que ahora se acercaba, más los que vinieron de la confitería. El cantor le dijo a Elvira que trajera la guitarra. La templó y ahí nomás sin decir agua va se mandó "Viejo smocking". Quizás ni el negro Cele se hubiera imaginado, alguna vez, una interpretación así. Parecía mentira que fuera esa misma voz que, por la tarde, había bastardeado a "Griseta". Su voz era como un desgarrón que mientras se desgaja, va dejando una hilacha de esperanza enganchada en la rama de un árbol, en alguno de los tantos paraísos que había afuera junto a las mesas; venía desde abajo, quemada por el alcohol barato de la decadencia y también el cigarrillo. Mientras él, que le daba sonido y sentido, estaba vacío, lo habían vaciado las mujeres, los amigos en las noches de escolaso y tardes en el hipódromo, soñaba con volver aunque fuera con la frente marchita, siempre le decía a Bazán que ya Pichuco o Gobbi lo habían apalabrado, mientras tanto esperaba, ese contrato salvador, como la última de San Isidro o Palermo; ese subirse a la tarima sintiendo el fueye del gordo o el violín de Alfredo acariciándole los oídos, que llegaba muy despacito hasta coparle la zurda, pero ahora estaba solo, solo con su guitarra y la apretaba como a una mujer y algunos lo recordaban en las noches del "Tibidabo" o el "Maipú Pigall", cuando aparecía con su pantalón oscuro y su saco blanco con moñito negro. Las mujeres lo esperaban a la salida y él siempre elegía una y le decía: "andá y esperame en el coche". O las noches de actuación en la radio con la gente apretujándose en la entrada y en la salida obligándolo a cantar en la vereda, sin guitarra, sin músicos, sin espacio para los ademanes, pero que lindo era todo y después firmaba autógrafos y sonreía, con esa sonrisa tan parecida a la del Morocho. Pero uno no sabe cuando termina todo. En que momento la suerte deja de acompañar, cuando las barajas vienen malas y si su supo aprovechar queda un buen recuerdo, para esos recuerdos se vive y para ésos cantaba: "yo no siento la tristeza de saberme derrotado" y Bazán mirando "como no amarga el recuerdo de mi pasado esplendor" y Elvira, la parda bravona, chorreándole las lágrimas por un semidescascarado maquillaje "al verme solo sin amigos, sin amor". Era su voz y la noche del verano que se acunaba con el arremeter de las olas del río, cerca, junto al paredón, era su voz que largaba todo desde adentro, como si fuera la última vez, como si fuera su pobre smocking que "vas a ver que un día de estos, te voy a poner de almohada y tirado en la catrera me voy a dejar morir...".

J. C. Conde Sauné *Integra parte del tomo inédito "Dos veces el mismo río".

viernes, 12 de junio de 2009

RUBIO ( relato ) *

Teresita había conocido a un muchacho simpático y se casó. Parecía que jugaba muy bien al tenis y lo conoció de pura atropellada. Sí, llevándoselo por delante en un baile de fin de semana, en San Isidro. Con mucho Joao Gilberto y whisky con hielo. Scotch a las rocas, que le dicen. Él bailaba bien y apretaba mejor en la música pausada. Ésa fue su crónica sucinta. Ahora se la veía mejor, mucho mejor. Más delgada. Más delicada en los movimientos; siempre había sido un poco torpe. Parecía un mamboretá, dispuesta a saltar y chocar con uno. Ahora iba bien vestida y con una salud sexual saliéndole por los ojos.
Cuando la vimos, la colocamos automáticamente a lado de Rubio. Le decíamos Rubio, nunca supimos cual era su verdadero nombre. Lo llamábamos así, a secas: Rubio. Una pinta muy parecida a la del actor francés Jean Pierre Aumont. Era auxiliar en la estación Las Barrancas y le quedaba tiempo para aventuras con las "grones" (como él decía) que caían en el verano a los recreos.
Los días franco, organizaba asados en "El águila" con dos o tres vagos más: Quito, Hugo y a veces Grela. De ahí, de ese recreo, lo conocíamos. Algunas veces íbamos a la estación, en que trabajaba, y lo ayudábamos a despachar boletos. También, en las tardes de mates, se agregaba uno que le decíamos Pelito, porque tenía un mechón blanco de pelo. Pero en contadas ocasiones, no lo tragábamos porque era garronero y pechaba cigarrillos que era un contento, aparte de engullirse, sin respirar, las facturas que habíamos comprado. Tenía pretensiones de don Juan y quería competir con Rubio, pero según éste, las mujeres no le daba ni cinco de bola. Rubio tenía un cuaderno con poesías que escribía. A cada una la titulaba con un nombre de mujer y abundaban las Martas y las Susanas. Según él, todas las que se había volteado. Era bastante entrador con ellas y tenía una conversación que sabía interesarlas. Los versos que escribía eran raros. Más que raros, originales y carecían, a pesar de ser elementales, de ripios verbales e imágenes remanidas. No leía a nadie, su desprecio por la literatura era total. Decía que el tiempo que podía perder con un libro, lo aprovechaba con una mina. Siempre, a la hora del mate y las confidencias, contaba una aventura que lo tenía obsesionado y que la repetía a menudo. Era una mujer que había andado con él y la dejó embarazada. "Yo me quise casar (atestiguaba), no por ella, sino por la criatura, vos sabés lo que es tener un hijo tuyo, es para enloquecer de alegría, pero ella se dio cuenta que no la quería y un buen momento se las tomó. Nunca la vi más y no puedo dejar de pensar en eso". Era un drama absurdo, pero él lo contaba emocionado y lo mirábamos consternados. Además, a quien le importaba si era cierto. Era cuestión de emocionarse un poco, en medio de tanta despreocupación. Una manera de buscar el equilibrio, como aseveran los que saben.
Cuando conoció a Teresita, que algún día vino a sacar boleto y quedó enredada con unas cuantas palabras dichas por él, anduvo un tiempo como un sonámbulo y lo creíamos enamorado. Y lo peor, que no contaba nada. Ella lo venía a buscar, se iba sigiloso y alguno de nosotros le atendíamos la boletería y tocábamos la campana para darle salida al tren. Tenía suerte, nunca vino un inspector. Aunque una vez, un guarda de tren amigo le avisó que en la estación anterior "estaba el chancho" y que probablemente viniera hacia allí. Rubio, ese día, cocinaba un puchero, en el hogar de la boletería y no creyó oportuno suspenderlo. Efectivamente el inspector llegó, aunque nosotros previamente nos habíamos retirado, revisó los libros (Rubio siempre los llevaba muy prolijos) y vencido, por el aroma que salía de la olla, se dispuso a aceptar un plato bien cargado. En otras ocasiones, mientras esperaba a Teresita, lo acompañábamos en unas partidas de chinchón. Súbitamente, nos enteramos que la había dejado. Creemos que fue una verdadera tragedia. Además, Teresita nos gustaba como inclinaba su escote por la ventanilla y deslizaba su mirada ardiente buscando a Rubio, que por lo general estaba sentado arriba de la mesa con las piernas recogidas. Ella era como si fuera un poco de todos nosotros, sus amigos. Después de la ruptura lo venía a buscar, llorando, y él se mantenía inmutable. Pero se arreglaron cuando ella, para el día del cumpleaños, le regaló una billetera. Volvieron a andar juntos y no duró mucho. Sólo un mes y pico o algo más, pero no mucho. Rubio empezó a salir con otras mujeres y los asados en el bajo se repitieron. Teresita, un domingo, lo fue a buscar. Medio borracho, la humilló, delante de nosotros, derramándole vino en la cabeza y riéndole en la cara. Fue la última vez que vimos a Teresita. Alguien, por ahí, dijo que tenía novio, pero no le creímos. Sabíamos que estaba metida con Rubio.
En el invierno, cuando los asados y el río perdían su atracción, íbamos al hipódromo. Nos gustaba Aníbal Etchart, desde que había dado el batacazo con la yegua Anuba, metiéndose en un claro que había, por el lado de los palos, para ganar por el hocico y dándonos un sport jugoso; como consecuencia le jugábamos a cualquier matungo que él corriera. Así, en mil ociosidades gastábamos el tiempo, se trabajaba lo indispensable y meta bailongo por cualquier lado. También nos gustaban las mujeres, cualesquiera, las que se pudieran encontrar sobre la tierra. Durante mucho tiempo nos deslizamos de esa manera, quizás demasiado. Hasta que Rubio, el que siempre habíamos admirado, copiándole hasta la manera de peinarse con el pelo echado hacia atrás, dijo: "basta de joder, muchachos, tengo treinta años y ni un mango en el bolsillo. Yo me embarco es una ganga. En unos años podés juntar algunos verdes y te podés independizar". Verdaderamente nos sorprendió, pero no había tiempo para sorpresas. Se embarcó en un buque petrolero que hacía viajes a Europa. Cuando lo despedimos, no tenía ni un peso encima y casi nada de equipaje, dejándonos la certeza de lo poco que lo conocíamos. Eso sí, llevaba apretado, debajo del brazo, aquel cuaderno y unos cuantos nombres de mujeres.
J. C. Conde Sauné * Integra parte del tomo inédito "Dos veces el mismo río"

miércoles, 25 de marzo de 2009

LA CALLE DEL AHORCADO ( relato ) *


Me gustaba esa calle. No crean porque en la tercera cuadra, al salir de mi casa, vivía Giselle o en la siguiente Bubi. ¿Cómo eran Giselle y Bubi? Completamente distintas. La primera tenía el pelo rubio, casi blancuzco de tan rubio y ojos azules tan claros como el cielo de mediodía, cuando hay mucho sol; y Bubi de cara morena y pelo renegrido, era muy reservada y raramente salía a jugar con los chicos del barrio, pues la madre no la dejaba. Permanecía detrás del alto portón de madera o subía y se sentaba en uno de los pilares que encuadraba el mismo. Eso le daba un encanto especial, como algo inalcanzable y fugaz, que sólo nos era permitido ver de vez en cuando. Giselle, en cambio, salía y jugaba con todo el mundo. Por lo tanto, yo subía en la bicicleta y sorteando la primera cuadra, que era de tierra, extrañamente sin asfaltar, embalaba a todo pique por esa calle solitaria y, si en el camino no encontraba a nadie, desembocaba en la otra barrera, al pie de una barranca que venía de la quinta Pueyrredón. Todo fue siempre así, hasta que una mañana alguien que iba por esa calle caminando, pasando la cuadra en donde vivía Bubi, que tampoco estaba pavimentada, y tenía un caminito bordeado de malezas, al mirar hacia arriba vio en uno de los pinos un hombre colgado que se balanceaba en la rama más baja. La noticia conmovió a todo el barrio. Aunque me habían prohibido ir a mirar, subí en la bicicleta llevando en un brazo a mi gato Ojalate y nos dirigimos hacia allá. Ya estaba el coche de la policía y Giselle y José me habían ganado de mano. Pero no pudimos acercarnos porque un vigilante nos hacía señas para que nos alejáramos. Yo alcancé a divisar a un hombre de traje oscuro y unos zapatos negros relucientes, que colgaba en el pino, más grande, de la fila que había contra un cerco que terminaba al pie de aquella barranca. La cara no se veía porque la ocultaba una de las ramas. Pensé en la navidad y los regalos que se cuelgan en los pinos y este hombre era un raro regalo que, aparentemente, no pertenecía a nadie y con ésta y otras tantas conjeturas nos fuimos del lugar. Después, días más tarde, oí decir a mi padre que lo habían matado y luego lo habían colgado y que era un crimen político. Yo no entendía nada de éso, es decir, no me explicaba como se podía matar dos veces a una misma persona y en que consistía un crimen político. Aunque ya había oído hablar, antes, de unos cadáveres que aparecieron en un basural de la zona norte. El episodio del ahorcado modificó nuestros esquemas de juegos; ya no me animaba a pasar con la bici por esa calle y su pino siniestro para llegar a la otra barrera. Es decir, un raid de barrera a barrera: la que estaba cerca de casa y la próxima saliendo de la estación Las Barrancas hacia San Isidro, que estaba pasando la cuadra del ahorcado. Le propuse un día a Giselle ir juntos en bicicleta, cuando anocheciera, por esa calle y pasar al otro lado. Ella me dijo que si lo hacía solo, aunque fuera de día, me daba un beso. Eso me dio ánimos y sin pensarlo me largué para esos lados a toda marcha; pero cuando llegué a la calle de tierra, pasando la casa de Bubi, clavé los frenos, el miedo pudo más que yo y resignado pegué la vuelta, mirando de reojo, avergonzado, a Giselle que se mataba de risa.
Muchas veces soñaba por la noche que atravesaba esa calle, en la cual me esperaba del otro lado Giselle, para premiarme por mi valentía, pero justo cuando pasaba por debajo del pino, sentía que una rama crujía y el ahorcado se me venía encima con los ojos salidos hacia afuera y la boca en una mueca grotesca. Posiblemente, esos detalles del ahorcado, los había leído en "Crítica", en el momento del suceso, pero lo evidente era que en sueños se me aparecía a menudo y al despertarme sentía el cuerpo transpirado y tenía miedo de abrir los ojos y encontrar en la oscuridad esos otros ojos salidos de las órbitas. Por ésa y otras razones, la calle que nombro fue mi obsesión durante un tiempo. Hasta que un día de invierno, al anochecer, decidí emprender la travesía por la misma. Era una manera, inconsciente, creo, de curarme de una vez por todas del miedo que me producía. Porque a mí me fascinaba, era un gusto atravesarla en otros tiempos con la bici para ir a la escuela, me evitaba cruzar las vías e ir por el bajo o tomar por arriba, sorteándola y subir una barranca enorme. Yendo por allí, salía directamente a San Isidro y a la barrera de Primera Junta, que tenía una menos empinada, por consiguiente más fácil de subir. Entonces no era posible que por culpa del ahorcado, me viera impedido de usar ese pasaje, mío por derecho adquirido. Por la tarde, antes de la aventura, estuve preparando la bicicleta, saqué, del baúl de las herramientas, una latita de aceite y le puse a los ejes de las ruedas y manubrio y también a la cadena y pedales. Era cuestión de, que en caso necesario, andar a la mayor velocidad posible. El asunto era conseguir acompañante. José se excusó alegando que no tenía bicicleta. Cuando le propuse conseguir la de Giselle, me dijo que él en bicicleta de mujeres no andaba. El muy gallina tenía miedo, eso era todo. A Giselle no la pude convencer por nada del mundo y Bubi, que casi no salía a la calle, menos que menos, pero prometió alentarme subida en el pilar del portón, desde donde divisaba la calle y el pino citado. Decidí ir solo, otra no me quedaba. Aunque el principio pensé en llevar a Ojalate, pero un gato en ese trance era más molestia que compañía, además a los gatos no les gusta ir en bicicleta, tienen miedo de caerse y te clavan las uñas por todos lados. Me dirigí lentamente hacia el lugar sombrío. Cuando pasé por la casa de Giselle, a pesar que sabía de mi proyecto, no estaba y Bubi tampoco. Enfilé hacia esa última cuadra pedaleando con todo y entré en la calle de tierra, sobresaltado, por el crujido de algunas ramas que pisaba con las ruedas. No tuve tiempo de pensar en nada, pedaleaba, sintiendo el corazón y el ruido seco de la cadena al unísono y ya casi encima de mi cabeza la sombra del pino gigantesco y una rama que me chicoteó la cara como un latigazo. ¿Me había lastimado? No lo supe en ese momento, pero sentía que me ardía la mejilla mientras redoblaba mis esfuerzos y pedaleaba sintiendo que en cualquier momento el ahorcado pararía en seco mi bicicleta y apretaría con su mano mi cuello. Al pesar del frío intenso transpiraba y creo que no me dí cuenta si había respirado hasta llegar a la barrera siguiente sano y salvo y en que momento tuve noción de que el peligro había pasado.
Atrás quedaban la calle, el pino silencioso, las sombras, el ahorcado o su fantasma, la casa de Bubi y de Giselle, mi casa, más lejos, en esa misma dirección: todas regiones distantes algún día en mi memoria.

J. C. Conde Sauné * Integra parte del tomo inédito "Dos veces el mismo río"

martes, 20 de enero de 2009

EL STRIP DE LA ALEMANA ( relato ) *


Una mujer muy rara diría el vecindario, ya que casi no hablaba con nadie. Vivía a la vuelta de casa, en una calle que nosotros denominamos Calle Nueva, porque había sido de tierra y cuando se asfaltó la municipalidad no le puso ningún nombre, a pesar del reclamo de los vecinos. Entonces Isidro, un petiso que se pasaba haciendo bromas, se subió un día en una escalera, afirmada contra el poste de luz y clavó, en el mismo, un pedazo de tabla en el que habíamos escrito previamente "Calle Nueva" y allí quedó para la posteridad, si es que no lo reemplazaron después que me mudé.
Era rara la alemana y bastante flaca, pero igual nos gustaba y tenía un andar suelto y distinguido a pesar de sus tres hijas. Se arreglaba con muy poco y casi ni se pintaba, no hacía falta porque era muy bonita. Cuando venía a la estación Las Barrancas, a tomar el tren, le mirábamos las piernas y el cuerpo que le conocíamos de memoria. Sacaba boleto y se iba, mientras nos saludaba sólo a José y a mí, mirándonos de reojo y riéndose.
Una tarde la vi muy acurrucada con un tipo, cerca de la estación Borges, a pesar de su marido y las tres nenas. Me dio un poco de rabia haberla descubierto en ese desliz, pero al poco tiempo viajaba, a Alemania, sola y el marido se traía a otra mujer para cubrir su ausencia y el cuidado de las niñas. A vecinas insidiosas que le preguntaron por su mujer, él les habría respondido que había hecho un viaje al exterior y que ésa era su hermana, que venía para darle una mano en la casa. Cuando volvió de Alemania estaba más gordita, quizás dos o tres kilos y nos imaginábamos con José, lo que iba a ser ese verano en la playa. Las mujeres del barrio, conmovidas por el gesto de su cuñada, que justo desapareció unos días antes que ella volviera, se lo comentaron, a las que les respondió soltando una carcajada: "¿qué cuñada?, si mi marido no tiene ninguna hermana".
Al llegar el tiempo acordado, como en un pacto secreto, ella esta allí. ¿Sabía que nosotros la fisgoneábamos? Pero si lo sabía, le importaba un rábano. Llegaba con una de las nenas, la más grande, que debía tener nueve o diez años, casi como nosotros, se desnudaban y dejando sus vestido sobre las toscas se metían en el agua. José decía que, con esos dos kilos de más, estaba mucho mejor. José y yo, nos hacíamos los tontos y tendíamos a meternos en el río, pero como a media cuadra y observando disimuladamente. Cuando ella nos veía, creo que a propósito, emergía de las aguas dejando ver primero sus pechos, luego se zambullía y venía lo de más abajo. Y así pasaba largo rato, entrando y saliendo del agua, dejando ver más arriba y más abajo, infinidad de veces: tetas, entrepiernas y piernas, todo se confundía en un chapoteo de aguas cuyas gotas se elevaban como perlas y que el sol tornaba incandescente con sus rayos. El río se mimetizaba con los pigmentos de su piel bronceada, su cuerpo era un delfín enloquecido que vibraba en el aire de la tarde, conjuntamente con nosotros que la mirábamos alucinados, casi místicamente, con ojos infantiles porque era la belleza que estaba más allá de todo sentido de posesión y que conformaba el precioso equilibrio con todo el entorno.
Cuando empezaba a nadar, sabíamos que la función había terminado; al poco tiempo le decía a la nena que volviera a la playa y ella se internaba en aguas más profundas para nadar. Ahí terminaba el primer acto, el trascendental, y corríamos a escondernos entre los juncos que circundaba las toscas.Al poco tiempo llegaba y empezaba a trotar desnuda, haciendo ejercicios con los brazos y el cuerpo, la nena la imitaba. Tomaba un poco de sol, acostada en las rocas, primero boca abajo y después a la inversa; luego poniéndose el vestido y las sandalias, únicos atuendos, se iba así tan fresca como había venido con su hija.
Esa ceremonia se repetía casi todos los días, menos los sábados y domingos, en que venía más gente y a pesar que ese era un lugar alejado, podían ser vistas.Con José, nunca comentamos nada a los otros chicos ni a nadie. Ese era, casi, un acuerdo entre ella y nosotros. No podríamos acordarnos cuanto tiempo se repitió ese rito. ¿Un día, perdimos interés por ella o no quiso exhibirse más? Lo cierto es que dejamos de ir a la playa deseada. A la alemana, si alguna vez la vimos en el río, estaba con malla. Concretamente había adelgazado un poco y eso, según José, y las chicas nuevas que habían venido al barrio, tal vez serían las causas que no fuéramos a la playa para verla como antes. Además su cuerpo no era ningún secreto para nosotros, lo conocíamos con pelos y señales, quizás ni su marido o amante se dieran cuenta de ese lunar chiquito que tenía, casi en el pubis, muy cerca de la línea que Adán franqueó por primera vez en el paraíso.
J. C. Conde Sauné *Integra parte del tomo inédito "Dos veces el mismo río".

martes, 11 de noviembre de 2008

RENATA : PLAN PARA VERSIÓN 2 *

A veces cualquier pretexto es bueno, por lo común si se ha leído sobre los distintos ritos que tienen los escritores, para vencer la obstinada resistencia del papel en blanco. García Márquez dijo que podía, únicamente, escribir con máquina eléctrica. Y si por ejemplo, observo la Underwood enfundada en su estuche de plástico, pienso: la inevitable desazón que me causa sacarla de su modorra y empezar a tipiar algunas líneas. Las oficinas y sus empleos y las prácticas diarias empujan a uno hacia el uso del lápiz 0,5 o de la lapicera a bolilla. Esta noche, no sé porqué, deseché todas las lapiceras disponibles al alcance de la mano y busqué la Parker 51, con su cursi capuchón dorado, la cargué de tinta y la deslicé sobre el papel. Acaso imaginaba, que era como preparar una pipa, encenderla y dedicarse de lleno al deleite de fumar. Hasta ahí, iba todo muy bien; pero es muy difícil atrapar los personajes y encerrarlos en el redil de un rectángulo de papel. Por eso fue necesario leer algunas cartas viejas, postales y , posiblemente, recordar alguna anécdota. Aunque hay que tener cuidado con Borges, porque en cualquier momento puede acusarlo a uno de ser un periodista que cuenta historias amenas, como aseveró al referirse a Maupassant (injustamente, creo).
Colocarse al lado de una ventana, ante una mesa de café y ver desfilar a la gente sería una buena idea, si se fuera Edgar Poe y el fruto resultante "El hombre de las multitudes". No hay peor suerte que imaginar un cuento ya escrito; siento que "Renata" pudo haber sido escrito de otra manera, desde el centro mismo de la adolescencia y dejar más en evidencia la conducta de los padres. Pero a veces los elementos con que se cuenta son muy inconsistentes y yo lo sabía.
Poco importaba, que fuera a máquina, a lápiz, lapicera o con un pedazo de carbón en la pared. Tenían que nacer las ganas desde adentro y los personajes tendrían que salir, casi, como por un tubo, andar por si solos, sin el hilo caprichoso de la tinta o una cinta mecanografiada y así amarían, sufrirían injusticias, rechazos de una sociedad despiadada y mezquina, podrían gozar algunos momentos de felicidad y siguiendo las calles largas del papel andarían a su antojo, podrían comenzar su relato por el desenlace o por el nudo y terminarlo por la exposición, porque con ellos ningún narrador se sentiría seguro, cualquiera se transformaría en determinado momento en su traje de fantasma y podrían discutirle al mismísimo Arlt su estilo caótico y a Cortázar su axiomática transformación de lo real y a Borges su, a veces, pesada erudición. Ellos por lo general deciden su suerte.
En este momento llaman a mi puerta y voy a atender. Se presenta ante mí una chica, de unos dieciséis años, que dice llamarse Renata y me asegura que todo está listo para comenzar de nuevo, que detestó, en mi narración anterior, la ominosa tercera persona y que sólo podría mitigar sus tristezas si le cuento algo de padres cariñosos que quieren a sus hijos y que aún no han sido envilecidos en la vida por el afán de poseer objetos. Prometo destapar la Underwood y recrear algunos de los paraísos perdidos, esos que fueron tejidos en nuestra infancia como una telaraña de hilados finos y sensibles, los que permanecen suspendidos en el tiempo como gotas de rocío y son tan frágiles que cualquier brisa puede quebrarlos. Renata se recuesta sobre la mesa en que escribo y yo renuevo todos sus sueños y fantasías sintiendo, que la calidez de su mirada le dan alas a  mis manos.

J. C. Conde Sauné           *Integra el tomo "Mis cuentos diversos"