jueves, 7 de agosto de 2008


"Este es un relato para leer en la cama, en una vieja casa, una noche de lluvia". Así empieza su "nouvelle", "Parecía un paraíso", John Cheever. Al terminarla, lo primero que leo de él, la emparenté, no sé porqué, con el cuento de Onetti "Un sueño realizado", aunque la temática no concuerda para nada. Tal vez, el espíritu de la trama. La protagonista de Onetti, ve acercar su fin y busca concretar su sueño. El protagonista de Cheever, Lemuel Sears, un hombre viejo, reinventa el amor en los dos polos de sexualidad y persigue un sueño ecológico, que preserve un lago de la contaminación. Logra concretarlo, con la ayuda de Betsy, un personaje casi secundario en la novela, pero con iniciativa.
Pude comprobar en esta primera lectura de Cheever, su llaneza narrativa, una vuelta hacia atrás de Faulkner, en el estilo, pero atrapando al lector que es lo esencial. Quizás, me pareció un poco forzado el final feliz; sabemos que en USA, como aquí, se contamina sin importarle un rábano a los gobernantes, USA además, no suscribió el Protocolo de Kyoto, para cuidar el medio ambiente.
Pero Cheever, como Onetti, hizo sentir importante a su protagonista. También nos pasa, a los que escribimos historias cuando decidimos sobre la suerte de los personajes.

8-04-2007  *  J. C. Conde Sauné

viernes, 1 de agosto de 2008


Recién ahora, a pesar de mi afición por la novela policial, leo a Georges Simenon. "El loco de Bergerac", obtenido por una de mis tantas operaciones de canjes de libros, fue el elegido.
Simenon posee una manera de narrar, que quizás a muchos no pueda gustar. Su estilo es directo y sin ambages, muy distinto a la novela policial inglesa y más cerca de la norteamericana; pero logra lo que se propone, mantener al lector en vigilia hasta el fin de la novela, resolviéndola de una manera eficaz. El inspector Maigret, su personaje, es realmente insufrible para los que lo rodean, pero todos les vienen al pie; me hace recordar al detective Frost, aquel individuo entrañable de la serie televisiva, cuyo autor no recuerdo y que también sacaba de quicio a sus superiores.
Estilo magro, pero contundente, Simenon logra cautivar y hace, para los que escribimos historias, que lo envidiemos un poco. Armar una trama que mantenga atento al lector, no es tarea fácil.
J. C. Conde Sauné

jueves, 24 de julio de 2008


Por primera vez llega a mis manos, aunque había leído algunos comentarios sobre él, un libro de Sergio Pitol. La contratapa del mismo dice: "...reune cuatro relatos inquietantes y perfectos, es uno de los mejores logros del gran escritor mexicano...."
Lo de "perfecto" no encaja con "Asimetría", que no obstante, con "El relato veneciano de Billie Upward", son los dos mejores del libro. En "Asimetría", Pitol busca adrede la imperfección del relato, que se va desarrollando al desgaire, dejando retazos aquí y allá, pero logra un relato excelente; que debe no poco al estilo de Julio Cortázar. Los dos restantes, "Mephisto-Waltzer" y "Nocturno de Bujara", no desentonan para nada con el nivel del libro; pero es inevitable que a uno, ya sea por temática o "feeling", le guste unos más que otros. Estos cuentos de Sergio Pitol me han entusiasmado; voy a tratar de leer algo más de este autor que en 1999, por el conjunto de su obra, obtuvo el "Premio Juan Rulfo".
J. C. Conde Sauné

viernes, 18 de julio de 2008


Creo que en "La chute" (La caída), que Albert Camus afirmaba: uno se puede sentir solo en un estadio de fútbol rodeado de 40.000 personas. Me viene a la memoria esta reflexión, después de leer la novela de Carson McCullers, "El corazón es un cazador solitario". Con cinco personajes centrales, ella construye una novela tan paradójica como entrañable. De esas ficciones que nos dejan pensando: ¿hacia donde va el futuro de la humanidad?
La novela fue publicada en 1940, cuando la autora tenía 24 años, pero tranquilamente, de haber vivido, la podría haber gestado hoy; ya que muy poco cambió la sociedad en USA, sino que se ha ido deteriorando, más aún. Volviendo a la reflexión de Camus, Singer el mudo, uno de los protagonistas, entabla relación con otras personas: Antonapoulos (mudo como él), que termina internado en un loquero; Biff, dueño de una fonda donde Singer suele comer; Mick Kelly, una chica enfilando hacia la adolescencia; Jake Blount, un borracho agitador y el Dr Copeland, un médico negro que se niega a la discriminación racial que impera, allí, en el sur. Todos ellos se reunen y comparten momentos como amigos, pero llevan la soledad como un blasón dentro de ellos. McCullers tenía un estilo clásico en la novela americana, no ostenta el modernismo de Faulkner, su contemporáneo. Más bien, es un poco proustiana, escarba dentro de sus personajes y logra una novela excelente; está entre las mejores que leí. Esta gran novelista se suicida en 1967, a los 50 años, dejando una obra más que importante en la literatura universal.

J. C. Conde Sauné

martes, 15 de julio de 2008

DE EDITORES, CORRECTORES Y OTRAS YERBAS

Después de "Sodome et Gomorrhe", (1921/1922 -año de su muerte), la obra restante de la "Recherche..." de Proust, fue publicada por su hermano Robert, con la ayuda de Jacques Rivière y Jean Paulhan. ¿Alguien asegura que no se haya modificado nada?. Lo mismo se comprobó con la obra póstuma de Kafka, Max Brod hizo de las suyas.
En el caso de Raymond Carver, aún en vida del autor, Gordon Lish, dicen que sacó, agregó y modificó a "piacere" la obra del autor. Se comenta, no obstante, que Carver lo aprobaba. Al que no aprobarían de ninguna manera, es a Ignacio P. Se preguntarán quien es este personaje. Era un compañero de oficina, en uno de los lugares que trabajé; tenía una biblioteca muy particular, con todos los libros corregidos por él. Caían en la volteada: Borges, César Vallejo (recuerdo que una vez vi, en un libro, dos renglones suprimidos de un verso) y algunos más. Arrancaba hojas de un capítulo, que no le gustaba, de una novela; así sin tan ni más. Lo descubrí un día que faltó al trabajo y buscando en su escritorio, no por curiosidad, sino para obtener un dato laboral; me encontré con esa sorpresa al ver un libro de Kafka corregido. El pobre Franz, aparte de Brod, sufrió la corrección de Ignacio. Alguna vez, por curiosidad, se lo comenté y él, ofendido, me dijo que su biblioteca era personal y no prestaba libros a nadie, por lo tanto nadie tenía derecho a inmiscuirse. Pero a veces se excedía , en una oportunidad le presté un disco y me marcó en la etiqueta, los temas que le gustaban y los que no, cuando le recordé que ese era "mi" disco, me dijo: "perdoname se me fue la mano". Está de más decir, que nunca le presté otro. Pienso, que habrá sido de la vida de este compañero, que no volví a ver al cambiar de trabajo. Por ahí está, quien lo sabe, como editor o corrector en alguna editorial. Me viene a la memoria un cuento de Macedonio: "Un paciente en disminución", al que el Dr. Terapéutica le iba extirpando todo lo que le dolía, hasta dejarle sólo un pie. Me imagino lo libros de Ignacio, con la tapa, cuatro o cinco hojas y el índice.
Hay que comprender a este ex-camarada laboral, así como cada cual se hace un canon a su antojo, también tiene derecho a tener en los libros, las obras como le gustaría leerlas. ¡Y a no inmiscuirse!
J. C. Conde Sauné

jueves, 10 de julio de 2008


Casi siempre entro en "La Zona", la librería de canjes y usados. Después de ir varias veces, recién hace dos semanas, me fijé como se llama. Caminaba por San Martín y antes de llegar a Alsina, aquí en Quilmes y por la vereda de enfrente, descubrí el nombre arriba, sobre la puerta de entrada. Conseguí en este entrar y recorrer anaqueles, "Ley de juego" de Miguel Briante. A Miguel, fallecido en 1995, lo conocí cuando estudiaba en el Instituto de Lenguas y Culturas, él periodismo y yo literatura; siempre nos recriminaba, solíamos reunirnos en un viejo café de la Avda. Entre Ríos, que algunos de nosotros no siguiéramos periodismo y le extrañaba muchísimo. Yo no podría explicar, porqué nunca expondría mi palabra en un empleo. Respeto el periodismo, pero me gusta escribir como quiero y como puedo, como decía Chejov. Además, nunca me vi escribiendo con un jefe de redacción, apurándome para sacar una nota, que por ahí ni me interesa.
También, a veces, lo encontraba en algunas reuniones que hacía "El escarabajo de oro", con su pope Abelardo Castillo, en el Tortoni; o en ciertos encuentros literarios en la casa de alguien, donde abundaban whiskys y discusiones de todo tipo. Años más tarde, lo volví a encontrar en la Editorial Abril, él trabajaba en la revista "Panorama" y yo en Contaduría, aunque hacía alguna que otra traducción del francés para las revistas. Cuando nos encontrábamos, me decía a los apurones: "venite un rato por el café y charlamos, se refería al "Bar Baro" en Tres Sargentos.
Nos había sorprendido a los veinte años con "Las hamacas voladoras", un libro de relatos muy bueno. Después, salvo artículos periodísticos, no volví a leer nada de él. Y ahora me encuentro con "Ley de juego", libro de relatos, que conforman casi una novela, porque sus personajes se entrelazan y toman vuelo propio en alguno de ellos. Hay cuentos que me gustan más: "Capítulo primero", "Último día", "Hombre en la orilla" y "Habrá que matar los perros". Los otros, de los doce, sobresale "A lo largo de la calle que da al río", casi una "nouvelle" aparte.
Además, de los libros nombrados, tiene una novela "Kincón" (1975) que no leí; su obra no es abundante, pero sí en el periodismo.
Leyendo estos relatos, creo que Miguel debió dedicar más tiempo a su obra literaria, tenía talento.
J. C. Conde Sauné

jueves, 3 de julio de 2008


Quevedo fue uno de mis primeros referentes literarios, después de las letras del tango, principalmente, las de Alfredo Le Pera, José María Contursi y los dos Homeros (Manzi y Expósito).
Creo que tenía 12 o 13 años, cuando saqué de la Biblioteca de San Isidro, en la que era socio, una antología poética de él y desde siempre admiré sus sonetos. Ahora recuerdo aquel que comenzaba: "Huye sin percibirse lento el día,/ y la hora secreta y recatada/ con silencio se acerca, y despreciada/ lleva tras de si la edad lozana mía..".
Por eso no dudé, al conseguir en una mesa de saldos, en comprar "El buscón", una de sus obras satíricas; había leído antes, otras obras satíricas, pero la vida del "Buscón" fue algo especial. Como se ve, poco le costaba a Quevedo crear bellos sonetos o reírse del medio que lo rodeaba.
En la vida del "Buscón", campea de una manera muy bien camuflada, como en el "Quijote" de Cervantes, la Santa Inquisición, que ya le había prohibido el "Cuento de cuentos". La andanzas de este "Buscón", podría muy bien representar a cierta clase dirigente de la política argentina; no en vano somos, casi todos, hijos de la madre España y también la tendencia, muy nuestra, de reírnos de los infortunios diarios.
En esta época de cánones literarios, el mío, en la literatura clásica española, estuvo siempre decidido: Cervantes, Quevedo y Lope de Vega.
5-10-2004  *  J. C. Conde Sauné